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El salón de baile de Mayfair estaba sumido en un silencio gélido mientras los pétalos de las rosas de la decoración parecían marchitarse ante el veneno de Lady Anastasia. Florence Ellis, la mujer que había pasado años perfeccionando el arte de la obediencia, permanecía en el centro del estrado con el vestido de seda más costoso de la temporada, observando cómo su mundo se fragmentaba en mil pedazos. El anuncio de su compromiso con el impecable Hubert Coke no fue recibido con aplausos, sino con el susurro letal de la traición que recorría la estancia como una corriente eléctrica. A pocos pasos, Orion —el hombre que ella conocía como un simple arquitecto ríspido y que ahora se revelaba ante el mundo como el proscrito Vizconde Lawley— dio un paso al frente para protegerla. Sin embargo, en la mirada depredadora de Anastasia se reflejó el triunfo: ese gesto de caballerosidad era exactamente la pieza final necesaria para cerrar la trampa. Cuando Florence buscó apoyo en su prometido, solo encontró el vacío; Hubert retrocedió con una mueca de asco, sellando el destino de Florence con una sola etiqueta susurrada que resonó más fuerte que un grito: "Mercancía dañada". La orquesta dejó de tocar, pero el verdadero caos apenas comenzaba. Florence se encontraba ahora en la encrucijada más peligrosa de su vida, atrapada entre las ruinas de su honor y los cimientos de un deseo que amenazaba con consumirlo todo. El edificio de mentiras que la alta sociedad había construido sobre ella estaba en llamas, y la única mano extendida pertenecía al hombre que acababa de arruinarla para siempre.