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En este sermón meditamos en Lucas 8:40–56, un pasaje en el que el Espíritu Santo, por medio de Lucas, nos muestra dos milagros entrelazados para revelar una misma verdad: Cristo es Señor sobre la enfermedad y la muerte. Por un lado, vemos a Jairo, principal de la sinagoga, postrado a los pies de Jesús por su hija agonizante. Por otro, encontramos a una mujer que durante doce años había sufrido una condición que nadie pudo curar. Dos historias distintas, una misma realidad: cuando toda ayuda humana llega a su límite, Cristo se manifiesta como el Salvador suficiente. Este texto nos enseña que Jesús no solo responde al sufrimiento visible, sino que manifiesta su autoridad divina en un mundo caído, marcado por el pecado, la miseria y la muerte. La mujer toca el borde de su manto creyendo que en Él hay poder suficiente para sanarla, y al instante es restaurada. Jairo, al recibir la noticia de la muerte de su hija, escucha del Señor estas palabras: “No temas; cree solamente”. Finalmente, Cristo entra en la casa, toma a la niña de la mano y con la autoridad eficaz de su palabra la levanta. Aquí no contemplamos simplemente actos extraordinarios, sino una revelación de la persona de Jesucristo. Lucas quiere que veamos que solo el Hijo de Dios posee autoridad para hacer lo que ningún hombre puede hacer. Él sana lo incurable, sostiene al temeroso, restaura al afligido y vence a la muerte misma. Estos milagros son señales reales del reino de Dios irrumpiendo en la historia por medio de Cristo. Nos recuerdan que la fe no descansa en la fuerza del hombre, sino en la suficiencia del Salvador. El mismo Cristo que aquí sana y resucita es el que fue a la cruz y, por su obediencia perfecta y su sacrificio expiatorio, aseguró definitivamente la salvación de su pueblo.