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El filósofo Félix de Azua analiza nuestro hoy, nos cuenta quién manda, qué está pasando. Es amante de la lengua y lector empedernido de diccionarios. Lo hace desde niño. Eso y escribir. Y así se recuerda. El libro más antiguo que atesora es precisamente un diccionario de principios del siglo XX, con él se ha movido siempre. Es Félix de Azúa, académico de la RAE con la silla H desde el año 2015, doctor en filosofía, catedrático de estética y literato con mayúsculas, que ha dejado de escribir en el diario El País en solidaridad con su gran amigo Fernando Savater: «Zapatero es el que manda en la línea editorial del periódico El País». Comenzó como poeta en su juventud dando vida a la generación de los Novísimos —el escritor y crítico literario José María Castellet dijo de él que era uno de los nueve poetas que estaban renovando la poesía española–, pero la dejó porque dice que ser poeta sólo le corresponde a nombres como Sófocles, Virgilio, Dante, Shakespeare u Homero; fundadores de mundos lingüísticos. Le ruboriza que alguien pueda llamarse a sí mismo poeta. Se quedó con las novelas, los ensayos, los libros autobiográficos y una infinidad de artículos de prensa donde escribe de arte en cualquiera de sus manifestaciones y de política analizando los acontecimientos que tambalean nuestro país. Habla de ellos con claridad. Sobre este mundo de «masas totalmente desnortadas, esclavas de sus aparatos electrónicos» y sobre este país nuestro, en los que domina la demagogia, Félix de Azúa reflexionó y dejó pistas en «Baudelaire y el artista de la vida moderna» para a través de ese poeta grande de las letras, bisagra de dos momentos, reflexionar sobre la mentira en la que vivimos. Lo escribió hace más de veinte años y sigue siendo actual hoy. Eso sí, con coraje, como el del propio Baudelaire al publicar Las flores del mal ofendiendo al «puritanismo» de la «aparente» Francia del s. XIX y a la que él respondió comparando esa «moralidad» con la de «Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias». Baudelaire le echó valor (también disfrute). Eso nos propone de igual modo (aunque de distinta manera) Félix de Azúa. Lejos de animar al desaliento, escribió: «No hay motivos para la esperanza, sólo para la resistencia. Nuestra obligación es aguantar los vientos fétidos de la idiotez y el pudrimiento del mundo». Claro que para ello es fundamental no dejarse arrastrar por la ola de populismos que nos ahoga; no vivir en la absoluta distracción, tan amena, tan vacua. De ella avisa: «Es una salvación, pero impide que nos tomemos en serio lo que podríamos hacer». Sonríe y, con mucho humor, como en sus obras, dice que su principal propósito en este momento es no morir idiota. De los populismos alerta: “Son una respuesta espontánea del poder —que no es sino el dinero— para controlar y dirigir los países, las sociedades”. Y, además, tan rápidamente viralizables gracias a las redes sociales, diosas de las distracciones. Félix de Azúa ve mal el mundo (cosa nada difícil. Basta con asomarse un poco al balcón de este carnaval de demagogia, mentiras, «fracasados que no han intentado nada»; parodia de parodias. Le pasará que no sabrá dónde mirar). Veía mal Azúa el s. XX —así lo contaba en uno de sus artículos dedicado al Nobel alemán Samuel Beckett en el que decía que un marciano habría esperado que nos suicidáramos definitivamente con una buena juerga nuclear—; todavía ve peor el hoy. Pero lo hace con una sonrisa, sin dramas; mirando la radiografía de unos pulmones encharcados. «Lo que existe se acaba. El mundo cambia. Y cambia muy deprisa. Ahora estamos en tempestad, cambiando a gran velocidad y dejando atrás un mundo que tiene miles de años». Pero la esencia humana, los seres con sus mentiras, intereses, maquinaciones y manipulaciones, seguirá porque cambian el mundo y el tiempo, pero no nosotros. Y volverán los arquetipos de héroes que, en realidad, son antihéroes a cantar como las sirenas a Homero en aquella Odisea (menos mal que Ulises, rey de Ítaca, tuvo la lucidez de cubrir con cera los oídos de todos sus tripulantes y pedir que a él –que no podía resistirse a la idea de oír los celestiales cantos de las sirenas–, le ataran al mástil de pies y manos). Rescataremos aquello de Schopenhauer de que estamos en una trágica pesadilla cíclica. Ya sabe, «resistencia».