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Tailandia está siendo una locura. Hoy he vivido uno de esos días en los que sientes que el mundo es muchísimo más grande de lo que imaginabas. Empecé la mañana visitando el Buda Gigante, una estatua que no solo impresiona por su tamaño, sino por la energía que transmite. Es imposible estar allí y no sentir algo por dentro, como si te recordara que la vida va mucho más allá de tus problemas diarios. Esa calma mezclada con el caos de Bangkok es una combinación que te cambia la cabeza sin que te des cuenta. Después me fui a probar un plato Michelín en un pequeño local que, si lo ves desde fuera, jamás dirías que tiene un premio así. Y esa es una de las cosas que más me flipa de Tailandia: aquí lo importante es el sabor, la tradición y la experiencia, no la apariencia. El plato estaba espectacular, y mientras lo comía pensaba en cómo muchas veces en la vida nos fijamos demasiado en el envoltorio y muy poco en lo que realmente importa. Más tarde me perdí por un mercado enorme de falsificaciones. Y cuando digo enorme, lo digo literal. Calles llenas de relojes, zapatillas, bolsos, camisetas… todo lo que imagines, replicado al milímetro. Es un sitio que te hace pensar en cómo funciona la economía, el consumo rápido, la obsesión por las marcas… y también en lo fácil que es dejarse llevar por el “qué dirán”. Aquí ves a gente negociando como si la vida les fuera en ello, y te das cuenta de que el valor no siempre está en el producto, sino en la historia que te cuentas mientras lo compras. Para cerrar el día, entreno en un gym de Bangkok. Da igual dónde vaya, el entrenamiento siempre es mi cable a tierra, mi forma de mantenerme centrado. Me encanta entrenar en otros países porque te das cuenta de que, al final, todos estamos buscando lo mismo: sentirnos bien, progresar, estar más fuertes, superar límites. Da igual si es España, Tailandia o la Luna; la barra siempre pesa lo mismo, pero lo que cambia eres tú. Bangkok es ruido, caos, espiritualidad, comida increíble, contrastes brutales, gente amable, calles infinitas, luces, calor… pero también es un espejo que te obliga a verte desde otra perspectiva. Y eso, para mí, es lo más valioso de viajar: volver diferente, aunque sea solo un poco. Hoy he sentido que estoy justo donde tengo que estar.