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El camino de Ámbar González hacia la Liga MX Femenil no comenzó en estadios llenos ni en visorías de lujo. Empezó en canchas municipales, en torneos relámpago y en la famosa talacha, donde llegó a cobrar 300 pesos por partido mientras perseguía un sueño que muchos le decían que era imposible. Hoy, la futbolista de Mazatlán Femenil mira hacia atrás y sonríe. No fue suerte. Fue terquedad, disciplina… y muchísimo corazón. Su amor por el futbol nació en casa. Su papá jugaba y la llevaba junto a su hermana a los partidos. Probó natación, voleibol y otros deportes, pero el balón terminó quedándose. “Lo importante era hacer deporte”, recuerda. Lo que comenzó casi por casualidad se convirtió en pasión. De la talacha al objetivo profesional Antes de llegar al profesionalismo, Ámbar construyó su nombre en el futbol amateur. Una amiga la invitó a jugar con equipos varoniles y después a reforzar escuadras en torneos locales. Ahí empezó la talacha. Primero ganaba 300 pesos. Luego 800. En algunos casos, partidos cortos de futbol siete que significaban un ingreso extra mientras seguía entrenando con la mira puesta en Primera División. “Te tienes que ir haciendo nombre para que te paguen más”, explica. Ese mundo le dio roce, carácter y, sobre todo, confianza. También le dio referentes. Jugadoras que salieron del mismo barrio y llegaron a Liga MX Femenil le hicieron creer que sí era posible. Rechazos, disciplina y una segunda oportunidad El trayecto no fue lineal. Hubo visorías fallidas y negativas que la hicieron dudar incluso de dejar el futbol. “Hubo momentos en los que dije: ya no es para mí”, confiesa. La beca universitaria fue el punto de quiebre. Ingresó a Ingeniería en software, retomó la disciplina y volvió a creer. Entre estudios y entrenamientos, recuperó la constancia que la caracterizó desde niña. Hasta que llegó esa llamada. Mazatlán le ofreció una oportunidad para probarse. Su papá no lo dudó: “Ve, no te quedes con el ‘qué hubiera pasado’”. Hizo la maleta… y el resto es historia. El salto al profesionalismo El cambio fue duro. Más físico, más mental, más exigente. “Pensé que por ser veloz iba a dejar a todas, pero aquí hay mucho más detrás”, reconoce. Adaptarse al ritmo, extrañar a la familia y competir cada día por un lugar fueron parte del proceso. Sin embargo, encontró algo clave: un grupo unido. Para Ámbar, la fortaleza de Mazatlán está en la garra y la comunicación interna. “Nos ayudamos entre todas. Si algo te falta, te lo dicen y te apoyan”. Un mensaje para las niñas del barrio Hoy, convertida en futbolista profesional, mantiene los pies en la tierra y la memoria intacta. Sigue hablando con su familia antes de cada partido, recuerda a su primo —a quien lleva tatuado— y repite una frase que la define: guerrera. A las niñas que hoy juegan talacha, les deja un mensaje claro: no rendirse. “Cuiden su mente, trabajen mucho y diviértanse. El amor por el futbol es lo que te hace llegar lejos”. Porque si algo demuestra la historia de Ámbar González, es que a veces los sueños empiezan en la cancha más humilde… pero pueden terminar en la Primera División. Suscríbete a Espartanas MX para más historias del futbol femenil mexicano. #LigaMXFemenil #MazatlánFemenil #FutbolFemenil #EspartanasMX #HistoriasQueInspiran #FutbolMexicano #SoccerGirls #womeninsports