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El Secreto de la Alcancía de las Flores La Niña de las Flores tenía solo seis años. Mientras jugaba con sus juguetes en su habitación, oyó que la puerta se abría. Su padre traía en la mano un paquete colorido y adorable. Sus ojos brillaron y corrió hacia el paquete. Su padre sonrió y lo abrió. Dentro había una caja metálica cúbica con bordes relucientes como espejos. En sus caras, delicadas orquídeas rosas y blancas parecían estar bailando. La Niña de las Flores tomó la caja con las manos, la acercó a su nariz y olió. No había ningún aroma. «Las orquídeas no huelen…» se quejó un poco triste. Su padre soltó una suave carcajada. «Estas flores tal vez no huelan, pero créeme, esta alcancía tiene un secreto muy especial», dijo guiñando un ojo. Su padre tomó a la Niña de las Flores en brazos y se sentó en el sofá del salón. La acercó a él, le acarició el cabello suavemente y le explicó con calma. «Mira, cariño, a partir de ahora te daré un poco de dinero todos los días. Después de gastarlo, mete lo que te quede en el bolsillo en esta hermosa alcancía. No la abriremos en absoluto hasta que terminen las clases. Luego la abriremos juntos y veremos qué hay dentro, ¿de acuerdo?» La Niña de las Flores frunció el ceño y puso morritos. «Pero papá… ¿qué va a quedar de mi dinero? Solo unas moneditas… ¿Qué se puede hacer con eso?» Su padre simplemente respondió con una gran sonrisa cálida: «Ya verás. Ten paciencia, el tiempo lo mostrará todo.» Llegó septiembre y empezó el colegio. Cada mañana, la Niña de las Flores se ponía la mochila y iba al colegio mientras su padre le daba un poco de dinero. A veces, al salir de clase, se paraba en la heladería y disfrutaba del sabor del helado de fresa. A veces compraba galletas de chocolate en la cantina y las compartía con sus amigos en el recreo. Algunos días no gastaba nada y guardaba el dinero en el bolsillo hasta llegar a casa. Al llegar, corría hacia la alcancía y dejaba caer con cuidado las monedas sobrantes en la ranura. Toda vez murmuraba lo mismo: «¿De esto qué va a salir… Probablemente nada…» Las hojas del otoño se volvieron amarillas, luego llegó el invierno. Los copos de nieve se pegaban a la ventana y las calles se cubrían con una manta blanca. La Niña de las Flores se ponía la bufanda alrededor del cuello y salía, hacía muñecos de nieve con sus amigos e incluso participaba en guerras de bolas de nieve. Al volver a casa, sus mejillas estaban rojas como tomates y sus manos heladas. Aun así, nunca olvidaba sacar las pocas monedas frías del bolsillo de su abrigo y meterlas en la alcancía. Las imágenes de orquídeas seguían allí, como si le sonrieran. Cuando llegó la primavera, las flores se abrieron y la Niña de las Flores cumplió siete años. Para entonces apenas pensaba en la alcancía. «Con tan poco no va a pasar nada», se decía, pero seguía metiendo el dinero que sobraba cada semana por costumbre.