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**Señor Jesús… Hoy me postro ante Ti sin máscaras, sin excusas, sin defensas. He caminado por senderos lejanos, he dejado que mi corazón se enfríe, he preferido el ruido del mundo antes que el susurro de tu voz. Perdóname, Señor. Perdóname por cada vez que conocí el bien y elegí el mal. Por cada día que olvidé hablar contigo, por cada noche en la que dormí sin darte gracias, por cada herida que causé con mis palabras, y por cada silencio que usé como espada. Me pesa, Señor… Me pesa haberte fallado una y otra vez. Me pesa haber herido tu amor, haber cruzado los límites que mi conciencia gritaba, haber corrido hacia el abismo, cuando Tú me esperabas con los brazos abiertos. Señor, me siento pequeño, roto, frágil. No merezco tu mirada, y sin embargo… algo en mi alma grita por Ti. Porque en mi miseria, sé que eres mi único refugio. En mi oscuridad, sé que sólo Tú eres luz. ¡Oh Cristo, no apartes tu rostro de mí! No me dejes hundirme en la culpa ni en la desesperanza. Tu cruz no fue en vano. Tu sangre no cayó en tierra estéril. Clamo a Ti desde este desierto interior: ¡Ten misericordia de mí, Señor! Tócame con tus llagas, envuélveme en tu manto de compasión. Lávame con tu gracia, arranca de mí el corazón de piedra, y dame un corazón que te ame de verdad. Jesús… Si tu amor no me sostiene, ¿quién podrá hacerlo? Si tu perdón no me abraza, ¿quién podrá consolarme? Si tu voz no me llama, ¿quién podrá rescatarme de mí mismo? Me rindo a Ti, Señor. No tengo nada para ofrecerte, excepto este corazón arrepentido. No vengo con méritos, solo con heridas. No traigo logros, solo lágrimas. Pero Tú, Jesús, eres el Médico de las almas. Eres el Buen Pastor que deja a las noventa y nueve por buscar a la perdida. Eres el Padre que corre al encuentro del hijo que vuelve su rostro. Y hoy… aquí estoy. Vuelvo a casa. Vuelvo a Ti. Haz de mi alma tu morada. Que no me vuelva a alejar de tu amor. Que en mis caídas recuerde que me esperas. Y que, pase lo que pase, Tú nunca dejas de amar. Jesús… Por siempre confiaré en tu misericordia. Por siempre te diré: Ten piedad de mí. No me sueltes jamás. Amén.