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MANIFIESTO POR LA VIDA, LA DIGNIDAD Y LA SOBERANÍA CIUDADANA. Por Enrique Basurco Antes de ir a votar, detengámonos un instante. No para renunciar a la democracia siino para salvarla No para promover el caos. Sino para abrir, por fin, el camino hacia un orden verdaderamente justo. Hoy se nos convoca a elecciones. Pero la pregunta profunda no es por quién votar. La pregunta real es esta ¿Tiene hoy la población un poder efectivo para frenar a un Estado que ha demostrado que puede reprimir, abusar y matar, sin que exista un control ciudadano real y permanente? La experiencia reciente de nuestro país ha dejado una herida abierta No se trata solo de gobiernos malos, ni de personas equivocadas en el poder. Se trata de algo mucho más grave. Se trata de un sistema en el que la ciudadanía no tiene mecanismos directos para vigilar, corregir, detener y sancionar a quienes gobiernan. Se trata de un sistema donde las leyes se aprueban sin consulta popular real. Se trata de un sistema donde la voluntad del pueblo puede ser ignorada. Se trata de un sistema donde la protesta social ha sido deslegitimada. Se trata de un sistema donde la vida puede ser sacrificada en nombre de intereses económicos, políticos o externos. Y entonces nos dicen. Ahora sí, vota de nuevo. Pero, ¿qué se repara realmente con una elección, si el sistema que permite el abuso permanece intacto? Cuando no existe un freno ciudadano directo, cuando no existe un poder popular institucionalizado que pueda fiscalizar, corregir, revocar y sancionar en tiempo real, el problema no es solamente quién gobierna. El problema es cómo se gobierna. Y quién controla al poder. Hoy el Estado, que debería ser creación de la sociedad organizada y estar subordinado a ella, ha sido capturado por estructuras políticas que legislan de espaldas al pueblo. Un Estado así deja de ser republicano. Se convierte en un aparato que administra a la población, pero no la representa. La República no es un símbolo. La República es una relación de poder.Y esa relación solo existe cuando el pueblo manda. Sin ese poder ciudadano real, solo queda una administración que funciona como una colonia moderna. Se extraen recursos. Se toman decisiones sin la gente. Y se protege a los responsables del daño. Por eso es necesario decirlo con absoluta claridad. No basta con una asamblea constituyente. Muchos países han cambiado constituciones sin cambiar el corazón del sistema. Han redactado nuevos textos, pero sobre los mismos rieles de un régimen anterior, opresor y excluyente. Cambiar el papel sin cambiar la estructura del poder solo renueva la fachada. La verdadera transformación no es un documento. Es un modelo de democracia. Lo que nuestro país necesita, antes de cualquier elección general, es una Asamblea Popular Nacional, con un objetivo histórico claro y concluyente. Establecer un sistema pleno de democracia directa participativa. Un sistema en el que la ciudadanía tenga facultades permanentes para fiscalizar a todas las autoridades. Para intervenir directamente en la elaboración de las leyes. Para revocar decisiones contrarias al interés público. Para controlar el uso de los recursos. Para proteger los derechos humanos de forma efectiva. Y para garantizar que el poder nunca vuelva a concentrarse en una minoría. No se trata de eliminar la representación. Se trata de subordinarla a la soberanía real de la ciudadanía. Las neurociencias cognitivas nos enseñan algo esencial. El cerebro humano aprende a partir de la experiencia emocional profunda. Cuando una sociedad vive repetidamente frustración, engaño, violencia y pérdida, se instala una sensación de impotencia. Se instala la idea de que nada puede cambiar. Eso paraliza.Pero el cerebro también puede reaprender. Cuando las personas descubren que sí pueden intervenir, que sí pueden controlar y que sí pueden corregir, se activa otro camino interior. El de la cooperación. El de la responsabilidad colectiva. El de la esperanza activa. Un pueblo con poder real transforma su conducta. Un pueblo sin poder real solo sobrevive. Hoy se escucha en los mercados, en las calles y en los hogares una pregunta repetida. ¿Tú por quién vas a votar? Pero esa no es la pregunta correcta. La verdadera pregunta es esta. ¿Vas a seguir fortaleciendo un sistema que no te protege, que no te escucha y que no te permite detener el abuso? Cuando un sistema permite que la represión quede impune, que las leyes se utilicen contra la población y que la vida pierda valor político, cada acto de normalización alimenta esa maquinaria. No es un reproche individual. Es una invitación a mirar el conjunto. Porque cuando no existen mecanismos ciudadanos de control real, el voto aislado no alcanza para defender la vida, la dignidad y los derechos. Nuestros hijos deben tener derechos. Nuestros padres deben tener derechos. Nosotros debemos tener derechos. Pero los derechos no se sostienen solo con discursos, se sostienen con poder ciudadano institucionalizado