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Ester no nació reina, ni soñó con serlo. Nació en silencio, en el exilio, en un pueblo derrotado. Huérfana desde pequeña, aprendió temprano que la vida no siempre es justa, pero que Dios siempre está presente, aun cuando no se le nombra. Fue criada por Mardoqueo, quien no solo le dio techo, sino identidad. Le enseñó a callar cuando era necesario y a mantenerse firme cuando llegara el momento de hablar. Porque hay tiempos para esconderse… y tiempos para levantarse. El imperio persa gobernaba con poder absoluto. El rey Asuero podía levantar o destruir vidas con una sola palabra. Y cuando la reina fue quitada de su lugar, nadie imaginó que una joven judía, sencilla y desconocida, sería llamada a ocupar ese trono. Ester fue llevada al palacio. Entre muchas mujeres fue observada, examinada, preparada. Pero había algo en ella que no se podía explicar: favor. No solo belleza exterior, sino gracia que venía del cielo. Y sin saberlo, Dios ya la estaba posicionando antes de que el peligro apareciera. Mientras Ester aprendía a vivir como reina, en las sombras se levantaba un enemigo. Amán, lleno de orgullo y odio, planeó la destrucción total del pueblo judío. No buscaba castigo… buscaba exterminio. Un decreto fue firmado. La muerte tenía fecha. Y Ester estaba en el palacio… en silencio. Mardoqueo envió un mensaje que estremeció su corazón: “No pienses que escaparás por estar en el palacio. Si callas ahora, liberación vendrá de otra parte, pero tú y la casa de tu padre perecerán. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” Ester entendió que su comodidad no era casualidad. Que su corona tenía un propósito. Que el favor traía responsabilidad. Pero el riesgo era real. Presentarse ante el rey sin ser llamada significaba muerte segura… a menos que él extendiera su cetro. Ester no actuó por impulso. Pidió ayuno. Pidió oración. Pidió unidad. Porque cuando el problema es grande, la respuesta no es apresurarse, es buscar a Dios. Después del ayuno, Ester se levantó. No como una muchacha temerosa, sino como una mujer decidida. “Si perezco, que perezca”. Entró al salón del rey. El silencio fue pesado. El momento eterno. Y el rey extendió el cetro. Dios había ido delante de ella. Con sabiduría, Ester habló en el tiempo correcto. Preparó el escenario. Desenmascaró al enemigo. Y el plan de destrucción se volvió contra el mismo que lo creó. Amán cayó. El pueblo fue salvado. La historia cambió. Ester no levantó un ejército. No gritó órdenes. No empuñó una espada. Ganó la batalla con obediencia, ayuno, fe y valentía. Dios coloca personas comunes en posiciones estratégicas para momentos extraordinarios. Tu lugar no es casualidad. Tu silencio tuvo un propósito… pero tu voz llegó en el momento justo. Tal vez hoy Dios te pregunta lo mismo que a Ester: ¿te esconderás… o te levantarás? Porque puede ser que tú también hayas llegado para un tiempo como este.