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Odette Kingsbury tenía la costumbre de contar los escalones. No era superstición, ni una manía heredada de la infancia. Era algo más parecido a una forma de prepararse, de medir el peso de lo que venía. Cuando era niña, en la casa de su padre, los escalones de madera crujían de manera distinta según el humor de la noche. Si llegaba al cuarto sin que ninguno protestara, todo estaría bien. Ese pequeño ritual le había dado, durante años, la ilusión de que podía anticipar el mundo antes de que el mundo la alcanzara. Esta mañana contó dieciséis escalones antes de llegar a la entrada de servicio de Rosecroft Terrace. La mansión era imponente incluso desde la parte trasera. Piedra gris con venas de musgo oscuro, ventanas altas que reflejaban el cielo nublado de octubre como si no tuvieran nada que esconder. El jardín estaba ordenado con esa precisión fría que solo logran quienes tienen dinero suficiente para contratar gente que cuide hasta la forma de los arbustos. Todo en Rosecroft Terrace parecía diseñado para comunicar una sola cosa: aquí manda alguien que no necesita pedir permiso para nada. Odette ajustó el bolso de lona sobre su hombro y tocó la puerta de servicio tres veces. Tenía veintidós años, ojos café con destellos de ámbar cuando le daba el sol, y una forma de sostener la mandíbula que su madre siempre describía como "terquedad disfrazada de dignidad". Llevaba el cabello recogido con más cuidado del habitual, porque había pasado la noche anterior practicando frente al espejo roto de su cuarto rentado cómo presentarse ante el ama de llaves de una residencia ducal. Había ensayado las palabras en voz baja, como si ensayarlas en silencio pudiera quitarles el nervio: Señora Holt, vengo por el puesto de dama de compañía. Tengo referencias. Soy discreta. Soy trabajadora. Lo que no había ensayado era cómo decir la parte verdadera. La puerta la abrió una mujer de unos cincuenta años con delantal blanco almidonado y expresión de alguien que ha juzgado a cientos de candidatas y rara vez ha quedado satisfecha. La señora Holt tenía los ojos pequeños y agudos de quien nota todo pero comenta poco. Estudió a Odette de arriba a abajo durante tres segundos que se sintieron como tres minutos. — ¿Kingsbury? — preguntó, sin modales, pero sin crueldad tampoco. — Sí, señora. Odette Kingsbury. — Entre. No haga que entre el frío. El interior de la cocina olía a pan recién horneado y a algo más difícil de nombrar, una mezcla de cera de abejas y tiempo acumulado. Odette siguió a la señora Holt por un corredor angosto hasta una pequeña habitación con una mesa de madera y dos sillas. La entrevista fue breve y directa: referencias, experiencia con damas de alcurnia, conocimiento de idiomas, capacidad para guardar silencio cuando era necesario. — ¿Sabe leer música? — preguntó la señora Holt. — Sí. Piano y un poco de arpa. — ¿Bordar? — Lo suficiente. — ¿Ha estado en una casa de esta categoría antes? Odette sostuvo la mirada de la mujer...