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EI pecado es destructivo. Los actos pecaminosos no sólo dañan a las personas y nuestra relación con Dios, sino que también provocan grandes daños interiores. La culpa del pecado puede cernirse sobre nuestras cabezas (cf. Sal 38,4) y hacer que nuestras heridas espirituales «están podridas, ya hieden» (v. 6). La culpa debe ser expiada, ser tratada. Por eso, el Señor instruye a su pueblo en el Antiguo Testamento para expiar el pecado a través del sacrificio de animales. En esta sección del Levítico, encontramos la ofrenda por el pecado y la expiación de la culpa, que contrarrestan nuestro pecado, aunque estos sacrificios son incompletos (cf. Heb 10,4). De hecho nuestros pecados pueden pesar «como un peso que me aplasta» (Sal 38,5), aplastarnos y causar confusión interior. Vemos el peligro de la culpabilidad contenida en la vida de Judas. Después de traicionar a Jesús, es golpeado con los tormentos de conciencia y devuelve el dinero de sangre, pero aunque reconoce su pecado (cf. Mt 27,4) y lo lamenta (cf. v. 3), no puede llevarse así mismo a la verdadera penitencia, a la esperanza en el perdón de Dios. En su lugar, se autodestruye y se suicida. Debería haber seguido el ejemplo del salmista: «Confieso mi culpa, turbado estoy por mi pecado» (Sal 38,19). ¿Dejas que la culpabilidad te consuma, o esperas en el perdón de Dios?