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Es Lunes 23 de junio del 2025 Al filo del calor del medio día, bajo un sol abrasante, Jesús camina rumbo a la orilla del río presidio para lavar la poca ropa que le pertenece. No tiene casa. Durante los últimos meses, había vivido en un propiedad abandonada que carece de los servicios más básicos, y ahora también la ha perdido. Con 58 años conserva un cuerpo delgado, ágil y fuerte, producto de la dureza del trabajo del campo y de la pesca, pero como el mismo asegura; las cosas ya no son como antes. Es su rostro el que habla. Marcado por las grietas de la pobreza, su mirada triste y cansada parece decirte que ha aprendido que las decisiones tienen consecuencias. Recuerda cuando su novia de la juventud aceptó escaparse con él para iniciar una vida juntos, pero al último momento él se acobardó, una decisión que lamenta. Sin saber la que tomó esa mañana, la de ir lavar la ropa a la orilla del río presidio justo al filo del mediodía, lo pondría ante una nueva y terrible disyuntiva. Vivir en Villa Unión es convivir con el Río Presidio, un centro de recreación para bañistas y un centro de reunión por excelencia para las familias de esta zona del estado. Por eso, a Jesús no le pareció extraño ver la motocicleta que se acercaba piloteada por Alejandro, quién acompañado de tres jóvenes menores de edad, divertidos, se dirigían al río. En pocos minutos la diversión se convirtió en una pesadilla. Los bañistas no se percataron de una fuerte corriente que los arrastraba al fondo de una fosa. El producto de la intervención de maquinaria pesada de una constructora, la cual trabaja sin señalamientos de prevención, y a muy poca distancia de la zona bajo del puente del Río Presidio que los bañistas suelen utilizar. Los gritos de ayuda llamaron su atención, mientras colocaba su ropa lavada sobre una piedra para que la secara el sol, a pocos metros de él dos niñas, una de ocho y otra de 12 años de edad, luchaban por su vida. No tuvo tiempo de pensar, pero tomó una decisión: se lanzó al agua. “Ellos se metieron jugando al río, y me di cuenta que se los estaba llevando la corriente, y me dio sabe que, verlos que estaban batallando para salir, gritaban las chamaquitas: ayúdenos”, cuenta. “Corri y me aventé con todo y ropa para agarrarlas, las alcancé, pero se me agarraron las dos del buche y yo no hallaba ni como hacerle para nadar con las dos. No me dio miedo, pero no me dejaban salir, no podía mover las manos, hasta que yo reaccioné”, recuerda. La decisión más difícil de Jesús había llegado mientras agotaba el resto de sus fuerzas tratando de soltar sus brazos y nadar a la orilla: Para tener alguna esperanza, primero tenía que liberarse él. Sus ojos reflejan dolor, y mientras hace una ademán con su brazo derecho simulando que se despoja de un collar pesado o alguna bufanda, relata el momento más duro que le ha tocado vivir en sus 58 años de vida. “Agarré la manita de una y la solté, y a la otra también, pero a la más chiquita la agarré del brazo y la saqué pa’ la orilla. O sea que no podía yo salvar a las dos, no me rendía nada, ahí estaba donde mismo, donde mismo, era imposible. Entonces dije yo, voy a sacar a esta primero y vengo por la otra, pero ya para cuando volteé para atrás, ya se había sumergido pa' abajo, ya se había ahogado”, relata de manera cruda. “Es una cosa muy fea lo que pasó, una tristeza muy grande sentí yo ahí en la orilla, y estaba bien cansado. Dejé a la plebita ahí y le dije; no te muevas de aquí y no se movió, ahí me estuvo esperando. No hacía nada, no lloraba ni nada. Hasta después que la cargué yo, ella empezó a llorar, bien agarradita de aquí, del pescuezo”, recuerda Jesús, describiendo que la niña se encontraba en estado shock. Sus palabras tienen un dejo de tristeza, de frustración; y suelta. “A veces me pongo a pensar y me dan las lágrimas, no duermo de tanto estar pensando en eso, del accidente que pasó. Pero estoy orgulloso porque hice una cosa bien, y no sé porque, será por el de arriba”. Han pasado cuatro días. Jesús se ha convertido en una nueva celebridad mediática condenada al indefectible olvido, una empresa de telefonía local le regaló un teléfono que no sabe usar, mientras que Estrella Palacios, Alcaldesa de Mazatlán, ya lo atendió y se comprometió a resolver todas sus necesidades. Como generalmente sucede cuando hay micrófonos y cámaras, es decir, no hay ninguna garantía. “A mi nadie me da, yo quiero poner algo de mi parte para comprar lo que ocupo. Yo me dedicaba a cortar chiles en el campo, y a los camarones más antes; pero ya no sirve todo eso, ya se acabó todo eso. Antes había mucho, pero ya no es así. Yo lo que necesitaría es una casita, dónde estar, sólo, vivir ahí agusto”. Ese es su deseo. Sólo hay una decisión que reconoce, no le corresponde tomar: “Yo no sé si soy un héroe, pero si así dice la gente, puede que si”.