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El otoño llegó a Sheffield Hollow sin anunciarse, como siempre lo hacía: con el olor a madera húmeda y el silencio pesado que se instalaba sobre los campos cuando el sol se retiraba demasiado pronto. Genevieve Ashbourne lo notó desde la ventana de su habitación, sosteniendo entre los dedos una taza de té que ya se había enfriado. No era mujer de quejas. Lo había aprendido de su madre, que murió sin protestar, y de su padre, que vivió sin escucharla. Tenía veintitrés años y un nombre que a nadie le importaba demasiado en los salones de la alta sociedad inglesa. Los Ashbourne habían sido familia de respeto en otro tiempo, cuando el apellido llevaba consigo tierras fértiles y crédito en los bancos de Londres. Ahora solo quedaba la casa: grande como una promesa vacía, con goteras en el ala este y una hipoteca que su padre había firmado en un momento de orgullo mal calculado. Esa mañana, Genevieve había encontrado una carta sobre el escritorio del comedor. No tenía remitente visible, pero el sello de lacre era inconfundible: un escudo en relieve, austero, con las iniciales entrelazadas D.S. grabadas en el centro. Lo reconoció de inmediato, aunque nunca antes había visto ese sello tan de cerca. Todo Sheffield conocía ese símbolo. Pertenecía a Dominic Silverwood, Duque de Sheffield. La carta era breve. Eso fue lo que más la perturbó: que algo capaz de cambiarle la vida entera cupiera en ocho líneas de tinta fría y letra precisa. "Señorita Ashbourne: He tomado conocimiento de la situación financiera de su familia. La deuda registrada contra la propiedad Ashbourne vence el primero de diciembre. Tengo en mi poder los documentos correspondientes. Si usted acepta reunirse conmigo esta tarde en Silverwood Hall, a las cuatro en punto, discutiremos los términos de una posible solución. Si no se presenta, interpretaré su ausencia como rechazo y procederé en consecuencia. — D. Silverwood." Genevieve leyó la carta tres veces. Luego la dobló con cuidado, la guardó dentro del libro que tenía en la mesa de noche y se quedó sentada en el borde de su cama durante un largo momento, mirando el suelo. No era miedo exactamente lo que sentía. Era algo más parecido al vértigo que precede a una caída cuando uno ya sabe que no puede evitarla...