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El director de Más de uno ha señalado como los periódicos de la época ya criticaron el secreto de la información sobre el intento de golpe de Tejero, a la par que realizaban un trabajo de investigación encomiable. #gobierno #españa #izquieda 🔗 Más, en ondacero.es: https://www.ondacero.es/programas/mas... Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Sí, a eso voy. Una frase para la historia. Chusca la frase, chusca la historia. Un guardia civil bigotudo que, pistola en mano, ordena que se estén quietos trescientos diputados que no se habían movido. Este hombre fracasado, relegado por la Historia a parodia de sí mismo, que se murió ayer cuarenta y cinco años después de haber asaltado las Cortes haciendo creer que actuaba en nombre del rey su único rey, en verdad, era Milans y decidido a salvar España, la España eterna, del vacío de poder que él y sus cofrades esgrimían como coartada. Ayer se murió Tejero, ahora sí. Descrito por su devota esposa aquella tarde del golpe como un pobre desgraciao, tonto y ni siquiera útil, al que habían dejao tirao como una colilla. Por supuesto, ni Tejero era tonto, ni se dejó embarcar, ingenuo de él, en la embestida contra la democracia pensando que era el rey al que servía. El cuentito de que todo respondía a un plan del capitán general de las Fuerzas Armadas para reconducir el régimen democrático confiando el timón al sabio Armada en comunión con los partidos políticos al frente de un gobierno de concentración empezaron a difundirlo recién fracasado el golpe los golpistas, en burda maniobra para intoxicar a la opinión pública y procurarse alivio cara al juicio por rebelión al que sabían que, naufragada la embestida, serían sometidos. No era esa la historia que les iba a contar. Es la historia de una avería. Sospechosa, por supuesto. Seis horas antes de que el Tejero irrumpiera en el Congreso se estropeó el circuito cerrado de televisión de que disponía, para su seguridad, el edificio. Se requirió la presencia de los técnicos para resolver la avería, pero estos, tras examinar el problema, se declararon incapaces de arreglarlo enseguida. Abandonaron el palacio a las seis y diez minutos de la tarde. Diez minutos después el teniente coronel tomó el control del Hemiciclo. En los periódicos de los días siguientes se mencionó este episodio de la avería como uno de los puntos oscuros de aquel día. Se preguntaban los diarios cómo pudo ser ocupado el Congreso tan fácilmente y si aquella avería fue, en realidad, un sabotaje; y si aquellos técnicos eran, quizá, falsos técnicos, agentes encubiertos dedicados a abrir camino. Y si en Dallas, cuando mataron a Kennedy, había un señor que llevaba abierto un paraguas como mensaje en clave, seguro, para los tropecientos conspiradores que integraban un complot multitudinario. En aquel tiempo, los circuitos de televisión se averiaban bastante y nunca llegó a establecerse que el sistema hubiera sido saboteado. Pero bastó la coincidencia para alimentar, por supuesto, la teoría de que alguien había facilitado el asalto desde dentro. La conspiranoia se basa siempre en lo mismo: refutar la versión oficial por el hecho de serlo y convertir en sospechosa cualquier circunstancia. Habrá, por ejemplo, quien sostenga que no puede ser casualidad que Tejero se haya muerto justo el día que se desclasificaron los papeles sobre su acción criminal. Para ser todo una cortina de humo del gobierno, como sostiene el PP, Tejero ha debido de echarle una mano final a Sánchez, redondeando el levantamiento del velo con su postración definitiva. Sólo habían pasado tres semanas del golpe cuando el ministro de Defensa, Alberto Oliart, presentó en el Congreso el informe del Gobierno a las Cortes. Era aquel un tiempo extraño en el que el gobierno se sentía obligado a rendir cuentas ante la sociedad representada en el Congreso. Pero aquel fue uno de los plenos más extraños que se han celebrado en los últimos cuarenta y cinco años. Porque se declaró secreto. ¡El pleno! Se obligó a los diputados a guardar sigilo total pleno sigilo sobre lo que allí se contara. Se evacuó a los periodistas para que no pudieran saber qué había averiguado el Gobierno. O en palabras de golpistas fracasados que comentaron la jugada a posteriori, y cuya sesuda reflexión fue ayer desclasificada, que el error fue dejar libre al Borbón creyendo que imitaría a su abuelo cuando, estando en San Sebastián, le intervino el país Primo de Rivera. Quienes hasta ayer mismo sostenían que el gobierno desclasificaba papeles para terminar de hundir la imagen de Juan Carlos I habrán de admitir hoy su error de juicio, o su prejuicio. Hoy la opinión general es que el Borbón sale de la luz y taquígrafos muy bien parado.