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En esta entrega de El Círculo Independiente, Euprepio Padula conversa con José Manuel García-Margallo desde un lugar poco sentimental y bastante realista. Una idea atraviesa toda la charla como un hilo de acero. De la política no te vas nunca. Y cuando crees que te fuiste, la política te encuentra igual. Margallo entra rápido al terreno incómodo. El clima público se ha degradado y, para él, normalizar ciertos perfiles y dinámicas en el debate ha sido un error. Lo dice sin rodeos al hablar de invitaciones que alimentan la bronca y el ruido, y remata con una frase que resume su jerarquía de amenazas. A él le preocupa mucho más Txeroki que Vito Quiles. No es un comentario para ganar aplausos, es una manera de ordenar el miedo y el poder, separando el peligro real del espectáculo. A partir de ahí, la entrevista se va abriendo hacia el tablero electoral y, sobre todo, hacia el futuro inmediato de la derecha. Margallo sostiene que el PP es el partido que va a ganar las elecciones y que no hay otra alternativa posible a un gobierno PP con VOX. No lo vende como un deseo, lo presenta como la opción que queda cuando el resto del mapa se estrecha. Sánchez, en su lectura, queda fuera de la ecuación y la consecuencia lógica es un acuerdo que muchos niegan en público pero asumen en privado. Ahora bien, su diagnóstico no es solo aritmética parlamentaria. También es identidad. Insiste en que el PP debería ser el PP para resurgir, y traduce eso en una lista bastante concreta. Un partido que crea en los derechos y libertades, que crea en las autonomías y que sea europeísta. La frase suena a recordatorio interno, casi a advertencia. Si el PP se diluye, entre el original y la copia siempre se elegirá el original. Y ahí el original, según este razonamiento, sería VOX. El tramo más interesante aparece cuando conecta España con el cambio global. Margallo no habla de una época de cambio, habla de un cambio de época. Tira de memoria histórica y sugiere mirar los años 30, incluso las monarquías absolutas, para entender el vuelco hacia el autoritarismo que ve en distintas regiones, con mención explícita a Sudamérica. No lo plantea como una metáfora culta, lo plantea como un patrón que vuelve cuando las democracias se quedan sin reflejos. Ese cambio de época, dice, también le pega de lleno a Europa. Da por terminada la “edad de la inocencia” del modelo europeo apoyado en energía barata de Rusia, producción de China y seguridad de Estados Unidos. A partir de ahí, su frase más cínica y más lúcida a la vez. En Europa hay dos tipos de estados, los pequeños y los que todavía no saben que son pequeños. En paralelo, cuestiona la debilidad del liderazgo comunitario y el sistema de toma de decisiones, hasta señalar que Ursula von der Leyen no tiene voz propia. Es una crítica al diseño institucional, no solo a una persona. En el capítulo VOX, Margallo no compra caricaturas simples. Reconoce que el PP ya ha dicho que hay que entenderse con VOX y lo resume con un “es lo que hay”. También describe una estrategia que atribuye a VOX, la llamada “Meloni”, jugar a disputarle el liderazgo al PP, tensar desde fuera y esperar el momento. En ese marco, afirma que Ayuso no difiere de las líneas básicas del PP y que no ha habido gestos de discriminación hacia minorías, tratando de cerrar el debate interno sobre si Ayuso es excepción o síntoma. La entrevista termina dejando una sensación clara. Margallo no está haciendo futurología para entretener, está trazando un mapa de riesgos. Riesgos internos, de identidad partidaria. Riesgos externos, de un mundo que se vuelve más duro y menos ingenuo. Y riesgos democráticos, cuando se normaliza gobernar sin Congreso, encadenar años sin presupuestos o separarse de la línea europea, algo que él considera grave. Todo dicho con una frialdad que no busca gustar, busca advertir.