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Euprepio Padula abre la entrevista en El Círculo Independiente con un aviso que marca el tono. Venimos de días de éxito en el canal y, al mismo tiempo, de un episodio feo, el acoso a Sarah Santaolalla por parte de lo que él llama “sicarios informativos”. No es un calentón decorativo, es una forma de situar la conversación en un lugar muy concreto. El debate público se ha llenado de intimidación, anonimato y deshumanización, y hablar de cultura sin hablar de esto sería hacerse trampas al solitario. Anabel Alonso entra al tema sin poses. Dice que ella no ataca ni agrede, ni siquiera verbalmente, y que precisamente por ir “con su cara y con su nombre” ha decidido ser mucho menos activa en X mientras no cambien las reglas del juego. Su argumento es simple y muy difícil de rebatir. Si unos juegan enmascarados, pueden insultar, acosar, amenazar y meterse con tu familia sin consecuencias reales. Y si encima denuncias, a menudo te contestan que “no viola nuestras reglas”. Alonso y Padula coinciden en una idea que suena a medida básica de higiene democrática. El anonimato en redes debería eliminarse porque se ha convertido en una autopista para el odio. Pero la entrevista no se queda en lo digital. Alonso está de gira con La mujer rota, el texto de Simone de Beauvoir que ha convertido en un monólogo de ochenta minutos con una dificultad casi física. Ella misma explica por qué. Es una noche de insomnio en Nochevieja, con pensamientos intrusivos, obsesivos, en bucle, saltando “pim pam” de un tema a otro sin orden ni pausa. Beauvoir lo escribió para ser leído, sin la respiración típica de un texto teatral, y memorizarlo le costó mucho precisamente por esa avalancha sin estructura. En escena, Muriel es una mujer educada para ser hija, esposa y madre, pero que en ese momento no puede sostener ninguno de esos papeles. Se queda sin lugar, sola, culpabilizada por todo, con una vida gris y “rota por dentro”, y la puesta en escena traduce esa mente en espacio, como si la habitación fuera su cabeza. Ese monólogo sirve de puente hacia algo más grande. Padula le pregunta qué le quita el sueño y Alonso no responde con un tópico. Responde con la realidad internacional. Habla de impunidad, de Gaza, de un mundo donde se abren frentes a la vez y donde ya hay voces advirtiendo de los primeros pasos de una Tercera Guerra Mundial. Y remata con un sarcasmo que no necesita explicación. Van a llevar la democracia y encuentran petróleo, qué suerte. En ese marco, Trump aparece como un acelerador del caos, alguien cuya ira “la desata cualquiera”. El bloque más íntimo llega con la maternidad y el miedo. Alonso cuenta que tener un hijo te cambia el eje. Hasta entonces uno suele ser el centro de su vida, pero con un hijo la prioridad pasa a ser él o ella siempre, y eso, dice, le ha venido bien para dejar de mirarse el ombligo. Sobre el miedo es todavía más directa. Nacer es arriesgarse. Nacemos para morir. Y puede pasarle cualquier cosa a cualquiera. Esa visión, explica, está atravesada por su historia familiar, la muerte de dos hermanos en su infancia. Padula recoge el guante y comparte su propia pérdida, y por un momento la entrevista deja de ser programa y se vuelve conversación de verdad, de esas que no se pueden impostar. Cuando vuelven a la cultura, Alonso no se pone de perfil. Dice que no se puede ser tibio ni practicar la equidistancia, que hay que estar del lado de los derechos humanos y contra las injusticias, y que no todas las ideas son respetables. Defiende una cultura que empuje apertura mental, tolerancia, diversidad e igualdad real. Lo aterriza con su propia experiencia. Antes del matrimonio igualitario, ella ya se preguntaba por qué tenía todas las obligaciones de cualquier ciudadana, pero no todos los derechos. Y a partir de ahí enlaza con inmigración, memoria y economía. España ha exportado mano de obra durante décadas, y ahora demoniza a quien viene jugándose la vida, muchas veces para hacer trabajos que aquí nadie quiere. Incluso menciona algo incómodo de escuchar para quien vive de eslóganes. Si suben cotizaciones y se sostiene parte del sistema, es también gracias a la inmigración. transcripción Con el 8M, Alonso dispara a lo que más le duele, la división. Dos manifestaciones no son una victoria para el feminismo, dice, sino para quienes quieren boicotearlo. Ella desde que hay dos no va. Y la crítica se amplía a la izquierda, que se fragmenta en matices mientras la derecha se ordena en lo fundamental. Cuando Padula pregunta si se puede ser feminista votando a la extrema derecha, Alonso lo plantea como una incoherencia estructural. Quien niega la igualdad, niega tu vida, tu familia y tus derechos. La cultura no puede depender del capricho político. Alonso se muestra tajante contra el corte de subvenciones al Círculo de Bellas Artes por parte de la Comunidad de Madrid. Le parece injusto y peligroso que se trate el dinero público como si fuera propio, filtrándolo por afinidades ideológicas.