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Para entender la magnitud de esas cifras, compáralas con lo que existe hoy. Los vehículos eléctricos más avanzados del mercado, un Tesla Model S, un Lucid Air, un Mercedes EQS, tienen autonomías de entre quinientos y ochocientos kilómetros en condiciones ideales. Condiciones que raramente se dan en la vida real, donde el clima, la velocidad, el peso del vehículo y el uso del aire acondicionado pueden reducir esa autonomía hasta en un cuarenta por ciento. Y sus tiempos de carga más rápidos, con los cargadores de mayor potencia disponibles, rondan los veinte a treinta minutos para llegar al ochenta por ciento de capacidad. Tres mil kilómetros y cinco minutos de carga no son una mejora. Son una categoría diferente de existencia para los vehículos eléctricos. El secreto técnico de esta patente está en algo que los ingenieros llevan años persiguiendo sin éxito comercial: los electrolitos sólidos. En una batería convencional de ion-litio, el electrolito es un líquido, una solución que permite el movimiento de iones entre el ánodo y el cátodo. Ese líquido es inflamable, se degrada con el tiempo, limita la velocidad de carga porque si se calienta demasiado puede generar cortocircuitos internos, y establece un techo físico en cuánta energía puede contener el sistema. Las baterías de estado sólido reemplazan ese líquido con un material sólido, generalmente cerámico o de sulfuro, que permite densidades energéticas mucho mayores, elimina buena parte de los riesgos de inflamabilidad y teóricamente habilita velocidades de carga que con electrolito líquido simplemente son imposibles. El problema es que desde hace más de veinte años, la industria lleva prometiendo que las baterías de estado sólido están a la vuelta de la esquina. Toyota prometió tenerlas en producción para el dos mil veinte. Luego para el dos mil veintidós. Luego para el dos mil veinticinco. Samsung SDI lleva años enviando muestras a sus clientes automotrices sin que esas muestras se conviertan en productos. El principal obstáculo siempre ha sido el mismo: la interfaz entre el litio metálico y el electrolito sólido tiende a generar reacciones secundarias que degradan la batería, reducen su vida útil y crean inestabilidades que hacen imposible la producción en escala industrial. El electrolito sólido ideal existe en el laboratorio. Pero fabricarlo de manera consistente, económicamente viable y a escala de millones de unidades anuales es un problema que ninguna empresa del mundo había resuelto de manera satisfactoria. Hasta que llegó Huawei con una propuesta técnica que, si funciona, resolvería exactamente ese problema. La solución que describe la patente de Huawei es el dopado de electrolitos de sulfuro con nitrógeno. En términos más accesibles: añadir nitrógeno a la estructura molecular del electrolito sólido de una manera específica que mejora su estabilidad electroquímica, reduce las reacciones indeseadas en la interfaz con el litio y permite que la batería mantenga su rendimiento durante muchos más ciclos de carga y descarga. No es un concepto completamente nuevo en el mundo de la investigación. El dopado con nitrógeno era una técnica conocida en los laboratorios. Lo que Huawei afirma es haberla implementado de una manera que resuelve los problemas prácticos que siempre habían impedido su industrialización. Y eso, si es verdad, cambia todo. Pero hay que ser honestos sobre lo que no sabemos. Las patentes otorgan derechos legales, no credibilidad técnica. Un experto anónimo de una importante empresa surcoreana de baterías fue directo al respecto: las patentes describen lo que alguien quiere hacer, no necesariamente lo que ya puede hacer. Los detalles técnicos de la patente de Huawei permanecen parcialmente bajo confidencialidad. No hay datos de rendimiento independientes. No hay validaciones externas. No hay prototipos que hayan sido evaluados por terceros. Lo que hay es una descripción técnica suficientemente detallada para que los expertos del sector la tomen en serio, y suficientemente vaga en sus aspectos críticos para que sea imposible confirmar o refutar sus afirmaciones sin acceso al laboratorio donde se desarrolló.