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TODO SER QUE ALIENTA, ALABE AL SEÑOR. Queridos hermanos: En este salmo bellamente arreglado vemos como alabar al Señor por sus obras magníficas es particularmente apropiado a esta hora y en este día, domingo (día de todos los Santos), en que celebramos la mayor de estas obras magníficas, que nosotros conocemos mejor aun que el salmista, es decir, la resurrección de Cristo, manifestación y comienzo de la resurrección universal. En las palabras de San Juan Pablo II: El salmo 150 parece desarrollarse en tres momentos. Al inicio, en los primeros dos versículos, la mirada se dirige al «Señor» en su «santuario», a «su fuerza», a sus «grandes hazañas», a su «inmensa grandeza». En un segundo momento semejante a un auténtico movimiento musical se une a la alabanza la orquesta del templo de Sión, que acompaña el canto y la danza sagrada. En el tercer momento, en el último versículo del salmo, entra en escena el universo, representado por «todo ser vivo» o, si se quiere traducir con más fidelidad al original hebreo, por «todo cuanto respira». La vida misma se hace alabanza, una alabanza que se eleva de las criaturas al Creador. La primera sede en la que se desarrolla el hilo musical y orante es la del «santuario» . El original hebreo habla del área «sagrada», pura y trascendente, en la que mora Dios. Por tanto, hay una referencia al horizonte celestial y paradisíaco, donde, como precisará el libro del Apocalipsis, se celebra la eterna y perfecta liturgia del Cordero (cf. Ap 5,6-14). El misterio de Dios, en el que los santos son acogidos para una comunión plena, es un ámbito de luz y de alegría, de revelación y de amor. Precisamente por eso, aunque con cierta libertad, la antigua traducción griega de los Setenta e incluso la traducción latina de la Vulgata propusieron, en vez de «santuario», la palabra «santos»: «Alabad al Señor entre sus santos». El texto es de una sencillez y transparencia admirables. Sólo debemos dejarnos llevar por la insistente invitación a alabar al Señor: «Alabad al Señor (…), alabadlo (…), alabadlo». Al inicio, Dios se presenta en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es, sin duda, trascendente, misterioso, distinto de nuestro horizonte: su morada real es el «templo» celestial, su «fuerte firmamento», semejante a una fortaleza inaccesible al hombre. Y, a pesar de eso, está cerca de nosotros: se halla presente en el «templo» de Sión y actúa en la historia a través de sus «obras magníficas», que revelan y hacen visible «su inmensa grandeza». Así, entre la tierra y el cielo se establece casi un canal de comunicación, en el que se encuentran la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eternidad. Durante la oración realizamos una especie de ascensión hacia la luz divina y, a la vez, experimentamos un descenso de Dios, que se adapta a nuestro límite para escucharnos y hablarnos, para encontrarse con nosotros y salvarnos. El salmista nos impulsa inmediatamente a utilizar un subsidio para nuestro encuentro de oración: los instrumentos musicales de la orquesta del templo de Jerusalén, como son las trompetas, las arpas, las cítaras, los tambores, las flautas y los platillos sonoros. También la procesión formaba parte del ritual en Jerusalén (cf. Sal 117,27). Esa misma invitación se encuentra en el Salmo 46,8: «Tocad con maestría». Por tanto, es necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Hay que orar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente exactas, sino también de modo hermoso y digno. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,18-20). El salmista termina invitando a la alabanza a «todo ser vivo» (cf. Sal 150,5), literalmente a «todo soplo», «todo respiro», expresión que en hebreo designa a «todo ser que alienta», especialmente «todo hombre vivo» . Por consiguiente, en la alabanza divina está implicada, ante todo, la criatura humana con su voz y su corazón. Juntamente con ella son convocados idealmente todos los seres vivos, todas las criaturas en las que hay un aliento de vida (cf. Gn 7,22), para que eleven su himno de gratitud al Creador por el don de la existencia. Aunque se puede pensar que toda la vida de la creación es un himno de alabanza al Creador, nuestra respiración vital, que expresa autoconciencia y libertad, se transforma en canto y oración de toda la vida que late en el universo. Por eso, todos hemos de elevar al Señor, con todo nuestro corazón, «salmos, himnos y cánticos inspirados» (Ef 5,19). En unión con el Hijo, voz perfecta de todo el mundo creado por él, nos convertimos también nosotros en oración incesante ante el trono de Dios. Se agradece la colaboración de David U. por el arreglo y la interpretación de este bellísimo canto. ¡La Paz!