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Un chico me dijo que quería conocerme y me invitó a salir. Yo soy una mujer de alto valor, así que le dije que tendría que llevarme a un restaurante elegante, y que yo no toleraba pagar la cuenta a medias. El aceptó, pero cuando llegué, el me miró con mucha decepción y se fue. Quien entiende a los hombres. ¿Ahora qué comeremos mis 6 hijos y yo? Estaba sentada en la mesa principal de “L’Elite” con seis niños mirándome como si yo fuera el plan de emergencia. El murmullo de la gente elegante me atravesaba, porque todos acababan de ver cómo el “caballero” se levantó y se fue. Y yo, con el mentón en alto, tuve que sostener la escena sin llorar ni un segundo… así que déjenme explicarles en qué momento empezó esta falta de clase. Me llamo Leticia y no me disculpo por entender el mundo como es. Hay personas que nacen para pedir permiso y otras que nacen para que les abran la puerta. Yo soy de las segundas, aunque a la gente le arda la garganta admitirlo. No es arrogancia, es educación: si tú misma no marcas tu estándar, el mundo te ofrece migajas con moño. Y yo no me crié para celebrar migajas. La razón por la que soy así es simple: he tenido que serlo. Ser madre no te vuelve más humilde, te vuelve más estratégica, porque no solo proteges tu dignidad, proteges el futuro de tu apellido. Mis seis hijos no son un “paquete”, son una comitiva, y cualquier hombre que se acerque a mí debe entender que no está “conociendo” a una mujer, está audicionando para una familia completa. Algunos lo toman como carga, los hombres de verdad lo ven como un privilegio. Yo no inventé esa realidad, solo me niego a fingir que no existe. Hugo apareció en mi vida como aparecen los hombres que creen que el mundo se compra con una sonrisa y una buena foto. Lo conocí en una aplicación de citas, y su perfil tenía esa vibra de “yo puedo”, muy de LinkedIn, muy de frases sobre liderazgo y disciplina. Yo no soy tonta: sé leer el lenguaje de los hombres en internet. Si alguien presume su “visión” y su “carrera”, es porque quiere que lo vean como proveedor, aunque no lo diga. Y si va a vender esa imagen, que la sostenga cuando toque. Al principio, nuestras conversaciones fueron correctas, casi demasiado pulcras. Él preguntaba cosas típicas, como qué me gustaba hacer, qué música escuchaba, y yo le respondía con la verdad sin adornos baratos. Le dije que mi tiempo tiene precio, que yo no salgo a “tomar un café” como si fuera una entrevista gratuita. 0:00 Historia principal 8:38 Comentarios de la historia principal 9:34 Actualización 1 15:46 Comentarios de la actualización 1 16:40 Actualización 2 22:17 Comentarios de la actualización 2 23:08 Actualización 3 29:26 Comentarios de la actualización 3 30:22 Actualización 4 35:39 Comentarios de la actualización 4