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Un sombrero negro, raído por el uso, y el pelo cano, de tantos años que habían acumulado sus pasos, era casi lo único que podía verse del Gritón, el de Tierradentro, el viejo arriero que siguió desandando trochas en medio de la espesura del monte, hasta muchos años después de su muerte. Quienes lo oyeron pudieron contar del terror que transmitían sus alaridos, acrecentados por el eco de la montaña. Se cree que deambulaba desde lo alto en busca de sus terneras perdidas en la parte baja de la quebrada Mundo Malo, la misma en la que solían pescar los lugareños a mediados del siglo XX, incluso en horas de la noche, cuando todos creían que se capturaban mejor los peces. En las madrugadas más frías se escuchaban sus gritos. Punzantes, repetidos, espeluznantes. También se cuenta que este viejo andariego era intolerante a quienes le remedaban, a esos los asechaba de cerca hasta hacerlos temblar del susto con la sensación de su presencia, su berrido cerca, el gélido aliento y el olor a tabaco que dejaba al pasar. Solo se supo de dos fulanos que se atrevieron a mirarlo de frente y quedaron paralizados hasta el amanecer. Desde entonces, quienes lo topaban evitaban estar cerca y pronto comprendieron que era mejor no imitarlo. Le veían de perfil, como si flotara a lo lejos entre los matorrales, con sus piernas invisibles y el gesto de ulular que se leía en su boca. La estampa de anciano que también llevaba ruana y machete pronto se convirtió en leyenda. Ya no grita, pero en la vereda Tierradentro quedó la memoria de su deambular nocturno. De cuando en cuando, quienes recuerdan esta historia, hablan de un viejo trabajador y esforzado que un día perdió su ganado y decidió quedarse eternamente cuidando su recuerdo en la inmensidad de esta montaña.