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Tengo 105 años. Nunca fui al gimnasio. Nunca hice ejercicio. Nunca levanté pesas. Nunca corrí en una máquina que no va a ningún lado. Y sigo aquí. Mientras que todos mis amigos que iban al gimnasio religiosamente están muertos. Cada uno de ellos. Murieron a los 70, a los 75, a los 80. Jóvenes para mí. Y me preguntaban antes de morir: ¿Cómo lo haces? ¿Cuál es tu secreto? ¿Por qué tú vives tanto y nosotros no? Y yo les decía: porque ustedes hacen ejercicio. Yo solo me muevo. Y hay una diferencia enorme entre hacer ejercicio y moverse. El ejercicio es artificial. Es forzado. Es algo que haces porque crees que debes hacerlo. Movimiento es natural. Es parte de la vida. Es algo que haces porque la vida lo requiere. Nací en Ikaria, Grecia, en 1921. Una de las zonas azules del mundo. Donde las personas viven más de 100 años. No porque vayan al gimnasio. Sino porque se mueven. Todos los días. Naturalmente. Caminan a la tienda. Trabajan en el jardín. Suben escaleras. Cargan cosas. Bailan. Viven. Y ese movimiento natural los mantiene vivos. No las máquinas. No los gimnasios. No los entrenadores personales. Sino la vida misma. He visto a generaciones enteras adoptar la idea del gimnasio. Del ejercicio programado. De correr en máquinas. De levantar pesas. Y he visto a esas mismas generaciones morir jóvenes. Con músculos grandes pero corazones débiles. Con cuerpos fuertes pero espíritus vacíos. Porque el ejercicio sin propósito no alimenta el alma. Solo cansa el cuerpo. En este video, voy a contarte exactamente por qué nunca fui al gimnasio. Por qué el movimiento natural es superior al ejercicio artificial. Y por qué, si quieres vivir hasta los 100, necesitas dejar de hacer ejercicio y empezar a moverte. Con propósito. Con alegría. Con vida.