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La deseada (fragmentos) Madame Fleurette era una mulata hermosa, matrona experimentada, aunque sin estudios, siempre dispuesta a ayudar. Tanto en época de lluvias como en período de sequía, callejeaba por los arrabales en su bicicleta Flying Pigeon con el objetivo de socorrer a las pecadoras a las que rechazaba el Hospital General y a las que las monjas del hospicio de SaintJules tampoco podían atender. Cuando Reynalda empezó a tener contracciones, Ranélise —que la salvó de morir ahogada y le abrió las puertas de su casa— y Claire-Alta —la hermana pequeña de Ranélise— reconocieron la bicicleta de madame Fleurette aparcada frente a una chabola incluso en un día de fiesta como aquel, y acudieron a pedirle ayuda. No fue un parto fácil. Una vez finalizado, Ranélise y ClaireAlta se deshicieron en palabras de gratitud y acompañaron a madame Fleurette hasta el barreño de agua limpia del patio. De pronto, Reynalda emitió un gruñido tan funesto que las mujeres se dieron media vuelta alarmadas. Tenía cara de estar muerta en vida. La fina sábana que la cubría se había empapado de sangre en un abrir y cerrar de ojos. En el suelo se formó un gran charco rojo. Por suerte, el hospicio de Saint-Jules no quedaba demasiado lejos. Las monjas tumbaron a Reynalda en la cama aún caliente de la parturienta que acababa de pasar a mejor vida, y se pusieron manos a la obra. Cuando Ranélise salió de Saint-Jules, al filo de la medianoche, los fuegos artificiales lanzados desde el muelle surcaban el cielo, multicolores; zigzagueaban y se perdían en dirección a la isla de Dominica. Las calles estaban a rebosar de niños, de mujeres y de hombres vociferantes. Los borrachos daban tumbos. Envueltos en un griterío infernal, los más orquestaban una última bacanal. Entró en casa y corrió hacia la pequeña, que seguía exactamente donde la habían olvidado. Ajena a todo, dormía plácidamente. Tenía la carita mancillada de mierda y de sangre seca. Olía a pescado podrido. A pesar de ello, Ranélise sintió una oleada de amor que le desbordaba el corazón y se dirigía hacia aquel cuerpecito. Siempre había deseado tener un bebé. En su lugar, el Señor solo le había enviado un aborto tras otro, una criatura muerta tras otra, una muerte súbita tras otra. Estrechó a aquella niñita contra su pecho, convencida de que Dios, por fin, se arrepentía de haberla hecho sufrir tanto. Cubriéndola de besos, decidió llamarla Marie-Noëlle, aun naciendo en pleno Carnaval. Le parecía un nombre precioso. Pues Marie es el nombre de la Santa Virgen, madre de todas las virtudes; y Noëlle tiene que ver con la noche milagrosa en que nació el Niño Jesús, destinado a purgar todos los pecados de la humanidad. Le dio un baño caliente. Perfumó el agua tibia con esencia de rosas, un manojo de hojas de guanábana y un puñado de violetas de España. Luego la secó con una tela fina y la acostó bocabajo para evitarle sobresaltos nocturnos, gases y pesadillas. Traducción: Martha Asunción Alonso.