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El secreto japonés para aprender algo extremadamente rápido no es un truco de magia, ni una técnica milagrosa de los gurús modernos, ni una fórmula secreta escondida en libros antiguos que no se pueden leer. De hecho, es una forma de ver el aprendizaje, una mentalidad profunda que Japón ha desarrollado a lo largo de los siglos y que hoy explica por qué un estudiante japonés puede aprender habilidades complejas, artes tradicionales o incluso tecnología moderna a una velocidad que muchos occidentales consideran casi irreal. Y lo más importante es que este secreto no depende del talento, la inteligencia o de haber nacido en Japón, depende de tu actitud ante el proceso de aprendizaje, de cómo piensas cuando empiezas algo nuevo y de cómo aceptas los errores, las repeticiones y el tiempo como aliados, no como enemigos. En Occidente tendemos a obsesionarnos con el aprendizaje rápido, los resultados instantáneos y los atajos. Buscamos cursos que prometan aprender un idioma en 30 días, aprender a programar en dos semanas o convertirse en un experto en un campo antes de que se acabe la motivación. En Japón, curiosamente, la velocidad es una consecuencia más que un objetivo. Los japoneses no empiezan con "¿cuánto tiempo llevará?", sino con "¿cómo hacerlo bien?". Esta simple diferencia cambia todo el juego. Si la prioridad es completar el proceso con calidad, el resultado se consigue más rápido de lo esperado, aunque parezca una contradicción. Este secreto se basa en una idea muy simple pero brutalmente poderosa: el aprendizaje no es un evento, es una práctica diaria integrada a la vida. No solo se aprende cuando se sienta a aprender, se aprende cuando observa, repite, corrige y acepta que al principio cometerá errores, incluso malos. En la cultura japonesa no existe ninguna obsesión por parecer competente desde el primer día. Por el contrario, hay casi una tranquila aceptación de la incompetencia inicial. No hay que avergonzarse de ser principiante, es un estado natural para todo el mundo empezar algo nuevo. Y libera una enorme cantidad de energía mental. Uno de los conceptos clave que explica esta línea de pensamiento es la idea de repetición consciente. No repitas por repetir, no practiques automáticamente, sino repite con plena atención, con intención, aunque sea aburrido, aunque sea lento. En Japón, un alumno puede pasar semanas, meses o incluso años repitiendo un movimiento, una forma, una base. Desde fuera parece ineficiente, pero en realidad es exactamente lo contrario. Al eliminar la complejidad y centrarse en lo esencial, el cerebro establece conexiones fuertes y profundas que nos permiten avanzar mucho más rápido cuando llega el momento de agregar nuevos niveles de dificultad. Otro pilar esencial es la relación con el fracaso. En muchas culturas occidentales los errores se evitan, se ocultan o se justifican. En Japón, los errores son información. Esto no es un ataque al ego, es una señal clara de qué parte del proceso aún no se comprende. Por lo tanto, un estudiante japonés no se siente decepcionado fácilmente cuando fracasa. No interpretas el fracaso como “no soy bueno en eso”, sino como “esto es lo que todavía me falta pulir”. Estos cambios internos son sutiles, pero transforman completamente la experiencia de aprendizaje. Además, existe la idea de compromiso a largo plazo. En Japón, no empiezas a pensar en dejarlo si no ves resultados rápidos. Hay una especie de pacto interno con la práctica. Cuando decides aprender algo, aceptas que llevará tiempo y no lo ves como una carga, sino como parte del camino. Reduce la ansiedad y, cuando se reduce la ansiedad, el aprendizaje se acelera naturalmente. Paradójicamente, asumir que algo llevará años te hará progresar más rápido que alguien que quiere aprenderlo en semanas. La disciplina japonesa tampoco es la disciplina estricta y punitiva que muchos imaginan. No se basa en una fuerza de voluntad extrema, sino en una estructura. Crea rutinas simples, claras y sostenibles. No estudies diez horas al día y luego desistas por una semana, sino lee un poco, pero todos los días. Esta resistencia mínima, casi humilde, tiene un enorme efecto acumulativo. El cerebro aprende mejor cuando sabe que el entrenamiento volverá mañana, pasado mañana y la semana que viene. No entra en modo supervivencia, entra en modo construcción. El respeto al maestro también es lo principal, pero no por idolatría ciega, sino por observación. Puedes aprender mucho mirándolo en Japón. Antes de hacerlo, tenga en cuenta. Debes escuchar antes de hablar. Un estudiante pasa tiempo observando a otra persona hacer las cosas bien. Entrena el ojo, la intuición y el sentido del detalle. En Occidente queremos actuar rápidamente, expresar nuestra opinión rápidamente, actuar rápidamente. En Japón el silencio y la observación son parte activa del aprendizaje, aunque no lo parezca. Otro aspecto poco comprendido es que el idioma japonés no separa identidad y práctica. No dice: "Yo soy