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En Talayuelas la celebración de La Candelaria constituye una práctica cultural profundamente arraigada que integra devoción religiosa, organización comunitaria y transmisión intergeneracional de conocimientos. En el centro de esta festividad se encuentra la torta de turroncillos, una expresión de patrimonio cultural inmaterial sostenida por la comunidad y transmitida principalmente a través de las mujeres. La preparación de la torta comienza el fin de semana anterior a la fiesta. Desde primeras horas de la mañana las mayordomas acuden juntas a la iglesia y a partir de ese momento se inicia una jornada compartida que se prolonga durante todo el día y se extiende hasta el atardecer o la noche. Ellas mismas contribuyen económicamente para adquirir los ingredientes y asumen colectivamente la responsabilidad de elaborar la torta que será ofrecida a la Virgen de la Candelaria. Este gesto expresa un compromiso profundo con la continuidad de la tradición y con el cuidado de un patrimonio que la comunidad reconoce como propio. La elaboración se desarrolla en un ambiente de convivencia intensa. Las mujeres trabajan durante horas mientras conversan, recuerdan y comparten la comida y la cena. Ese tiempo prolongado de encuentro constituye uno de los valores culturales más significativos de la celebración. En ese espacio cotidiano se transmite la memoria del pueblo. Las mujeres mayores comparten conocimientos, experiencias y relatos acumulados a lo largo de la vida. Sus manos reproducen los gestos aprendidos en generaciones anteriores mientras sus palabras evocan historias que conectan el presente con el pasado. Junto a ellas participan también algunas niñas, en muchos casos nietas de las propias mayordomas. Su presencia forma parte de un proceso de aprendizaje afectivo y cotidiano. Observan, ayudan y escuchan. En esa convivencia se establece un diálogo silencioso entre generaciones en el que el conocimiento culinario, las narraciones familiares y el sentido de pertenencia se transmiten de abuelas a nietas. Las mujeres mayores aparecen así como portadoras fundamentales del patrimonio cultural inmaterial de la comunidad mientras las niñas representan la continuidad futura de la tradición. Una vez elaborada, la torta permanece custodiada durante toda la semana en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Talayuelas. El fin de semana de la Candelaria la celebración adquiere su dimensión pública. Después de la misa la imagen de la Virgen de la Candelaria y la torta salen en procesión por el pueblo. La comunidad acompaña este recorrido reconociendo en la torta no solo un alimento festivo sino un símbolo visible de identidad colectiva. Al finalizar la procesión la torta se rifa en la iglesia. Durante los días previos las mayordomas han recorrido el pueblo vendiendo boletos y extendiendo la participación de la celebración a todos los hogares. A quien le corresponde la torta asume una responsabilidad simbólica de gran importancia. La torta no se conserva como un bien individual. Se corta en pequeños trozos que se reparten entre familiares, amistades, vecinos y personas con las que se mantienen vínculos de afecto o de compromiso social. De este modo el reparto genera una red de relaciones que atraviesa el pueblo y que convierte el premio en un gesto de generosidad compartida. En muchas ocasiones la persona agraciada elabora además una segunda torta en su casa para poder atender todos esos vínculos y prolongar el acto de compartir con la comunidad. Este conjunto de prácticas muestra que la torta de turroncillos trasciende la dimensión culinaria. Constituye un sistema de relaciones sociales basado en la cooperación, la memoria compartida y la transmisión intergeneracional de conocimientos. La figura de las mayordomas, organizada además mediante sus propios estatutos, garantiza la continuidad de una práctica reconocida y sostenida por la comunidad. La Candelaria de Talayuelas permite comprender que el patrimonio cultural inmaterial se sostiene en las personas. Vive en las mujeres mayores que recuerdan y enseñan. Vive en las niñas que escuchan y aprenden. Vive en los gestos cotidianos que permiten que la memoria colectiva se proyecte hacia el futuro. Proteger esta celebración implica reconocer el valor de esas mujeres que han custodiado el conocimiento durante generaciones y asegurar que las nuevas generaciones puedan seguir recibiéndolo. Conocer esta tradición permite comprender la fuerza de las comunidades cuando cuidan su memoria y comparten sus saberes. La torta de turroncillos de Talayuelas es una expresión viva de identidad, de generosidad y de continuidad cultural que merece ser reconocida, valorada y salvaguardada para las generaciones futuras. Virginia Santamarina-Campos Gracias a las mayordomas de Talayuelas por permitirme formar parte de su memoria.