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Yo, Ismael Miranda hablaré hoy de alguien que siempre admiré y que cambió la vida de todos los que amamos la música: Willie Colón. Su partida me deja un vacío enorme, porque más que un compañero de escenario, fue un referente, un hermano de camino en esta vida de salsa y ritmo. Se nos fue en Nueva York, rodeado de su familia, de Julia, su compañera, y de sus hijos, dejando atrás 75 años llenos de pasión, entrega y lucha constante. En sus últimos días, aunque la noticia de su estado nos dolía, también nos recordaba lo mucho que la gente lo quería; mensajes, oraciones y abrazos virtuales llegaron de todos los rincones, pero él decidió marcharse con calma, sin alardes, como siempre lo hizo en su vida privada. Willie era de esos que hablaban con hechos, no con palabras, que vivían intensamente cada momento y que dejaban que su música hablara por ellos. Y es que su legado no se mide en años, sino en acordes que siguen latiendo, en trombones que estremecen y en canciones que no olvidamos, que cruzan fronteras y generaciones. Él siempre decía que la música era lo único que sobreviviría, y hoy más que nunca siento que tenía toda la razón: Willie puede haberse ido, pero su sonido, su esencia, sigue aquí, vibrando con cada nota que tocamos y escuchamos. En la intimidad de su hogar, más allá de la fama y los escenarios, Willie era un padre que nos transportaba al sur del Bronx con sus relatos, como si cada historia fuera un capítulo de una gran novela de vida y resistencia. Nacido en 1950, hijo de puertorriqueños trabajadores que le enseñaron disciplina y amor por sus raíces, ese barrio le dio carácter, calle y sensibilidad; cualidades que luego moldearon al hombre que todos admiramos, pero que nosotros tuvimos la suerte de llamar simplemente papá. Nos contaba de las calles estrechas, de edificios que parecían desgastados por el tiempo y de inviernos que calaban hasta los huesos, pero también de la energía que se sentía en cada esquina, de los amigos que convertían cualquier acera en un lugar de encuentro, y de ese murmullo constante que afinó su oído musical desde niño. Siempre decía que nada se conseguía sin esfuerzo, que cada paso adelante exigía paciencia y convicción, y que fue precisamente ese entorno, duro y honesto, el que le enseñó de qué estaba hecho. Nos recordaba que la perseverancia vale más que cualquier fortuna y que un trombón tocado con alma puede convertir cualquier ruido del día a día en algo capaz de tocar el corazón de quien escucha. A veces Willie me contaba cómo, siendo apenas un muchacho, se juntaba con otros chicos igual de obstinados y llenos de sueños en un sótano del barrio que les prestaban; un lugar pequeño, con paredes desconchadas y un olor a humedad que parecía no irse nunca, pero para ellos era como un santuario. Entre cables enredados, trombones y tambores golpeados por el uso, y risas que mezclaban miedo y emoción, comenzaron a dar forma a un sonido que años más tarde recorrería el mundo, llevando el nombre de Willie Colón a escenarios que en ese entonces parecían imposibles de alcanzar.