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En diciembre del año 1065, Fernando I rey de León se encontraba sitiando la ciudad de Valencia, haciendo todo presagiar que aquella campaña supondría una nueva victoria para las huestes leonesas. Sin embargo, según relata Lucas de Tuy en los Milagros de San Isidoro, durante el asedio, dicho santo sevillano se habría aparecido en sueños al monarca leonés, transmitiéndole que en pocos días le sobrevendría la muerte. Ante aquellas palabras de San Isidoro, Fernando I decidió regresar con urgencia a la capital del Reino de León. Y así, el 24 de diciembre del año 1065, día de Nochebuena, penetró con determinación en la Basílica de San Isidoro y arrodillándose ante los restos del santo titular, al que pocos años antes habían traído él y su mujer desde la ciudad Sevilla, pasó sus últimas horas entre mozárabes rezos, misas y cantos eclesiales. Al alba del 26 de diciembre de 1065, Fernando, sintiendo próxima la muerte, entonó una última oración tras la cual se despojó del manto regio, depuso su corona de oro, y, tumbado en el suelo, confesó de viva voz sus pecados, implorando con ello su perdón. Los obispos tras administrarle la absolución, le afeitaron la cabeza la cubrieron con cenizas y le sustituyeron sus ricos ropajes por la indumentaria de penitente, hasta que al mediodía del 27 de diciembre de 1065, falleció. Sancho, que era el mayor de los hijos varones de Fernando y Sancha, consideraba que sus derechos como primogénito habían sido ultrajados por la partición testamentaria de su padre que únicamente le había otorgado el territorio y ahora reino castellano, por lo que determinó que su proyecto político sería la recuperación de todas las posesiones paternas, que ahora obraban en manos de sus diferentes hermanos. Para llevarlo a cabo, esperó hasta la muerte de su madre, la Reina doña Sancha, cosa que ocurrió el 7 de noviembre del año 1067. Sus primeros movimientos con respecto a sus hermanos, Alfonso VI Rey de León y García Rey de Galicia, acontecieron durante el verano del año 1068, en la batalla de Llantada. De esa contienda por la delimitación de las fronteras entre los reinos de Sancho de Castilla y Alfonso VI de León, parece ser que saldría airoso el castellano, pero a pesar de dicho conflicto, las relaciones entre ambos hermanos se mantuvieron en buen estado, encontrándonos por ejemplo con un Alfonso VI acudiendo ya en el año 1069, a la boda entre su hermano Sancho y una joven noble de nombre Alberta. Ya en el año 1071, comenzarán las hostilidades contra García al entrar Sancho de Castilla en el Reino de Galicia con el objetivo de anexionarse dicho territorio. Al menor de los hermanos, García, Sancho logrará dar alcance y capturarlo en la localidad portuguesa de Santarém, recluyéndolo en un primer momento en el castillo de la ciudad de Burgos, para poco tiempo más tarde permitirle exiliarse en la Taifa de Sevilla donde fue acogido por Al-Mutamid. Pero aquello no resultaba suficiente, pues el principal objetivo perseguido por Sancho fue siempre el de disponer de todo el territorio regio que había obrado en poder de sus padres. Y así, llegado enero del año 1072, Sancho y Alfonso dirimirían el destino de sus reinos en una nueva Batalla, la de Golpejera. Algunas crónicas dan en un primer momento como vencedores a los ejércitos leoneses de Alfonso VI, el cual, tras una clara y rotunda victoria ordena no perseguir a los castellanos, permitiéndoles replegarse a fin de no derramar más sangre cristiana en el campo de batalla. Según dichas crónicas, en un acto poco honroso, Sancho, aconsejado por el Cid, recompondrá sus tropas y atacará al alba y por sorpresa a los ejércitos leoneses que ya habían dado la guerra por ganada y finalizada. Sea como fuere, con honor o sin él, lo cierto es que Sancho hizo prisionero a su hermano Alfonso, recluyéndolo durante algunos meses en Burgos, de donde saldrá para exiliarse en la taifa de Toledo, bien gracias a la intermediación de su hermana Doña Urraca de Zamora o bien a la de Hugo de Cluny. Con ambos hermanos en el exilio, Sancho decide coronarse en León, pero la negativa a ungirle del obispo leonés, así como el rechazo de la mayor parte de la nobleza leonesa que no lo reconocían como su señor, desembocará en una inaudita ceremonia de autocoronación como rey de León por parte de Sancho en enero del año 1072. Tal fue el escaso apoyo entre la nobleza del Reino de León que suscitaba el autoprocalamado monarca Sancho, que incluso en varios documentos promulgados en el territorio del Reino entre enero y julio, aún figura el exiliado en Toledo Alfonso VI como reinante en León. Tal rechazo quedó escenificado cuando los principales nobles del reino de León, se rebelan en la ciudad de Zamora en torno a la figura de la Infanta Doña Urraca, y su ayó, Don Arias Gonzalo. Un Sancho confiado en sus fuerzas, partirá entonces para terminar con la conquista de todos los territorios que obraron en poder de sus padres, Comenzando entonces, el sitio Y cerco de ZAMORA.