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LA CATALUNA. Año IV Barcelona 29 de enero de 1910 Núm. 121 El Ritmo creador HIMNO Ave, ciudad de Tarrasa. Vieja Egara románica, burgo sombrío y feudal, donde las fábricas dejan todavía plaza á las torres medioevales y á los templos bizantinos. En ti han nacido flores helénicas y su perfume de vida y de humanidad embalsama tus viejos muros y los frontis de tus vetustos castillos é iglesias. ¿He dicho nacido? !Oh, no! Resurrección, Renacimiento, esta es la palabra. La sangre griega corría por tus venas, y por debajo de la tradición románica, otra tradición clásica latía... Trece siglos de feudalismo no han podido borrar del rostro de tus hijas el sello inequívoco de la más pura belleza helénica, no han podido turbar la noble serenidad de su mirada, la altivez de su porte y la gracia exquisita de su vestimenta, que hoy por dichoso azar recuerda la escultural indumentaria ática. ¡Oh! no es en vano que encima de los cuerpos de ocho de ellas, la blanca túnica se modela con legítima é innata gracia. No es en vano que en tu recinto, el sentimiento artístico crece y se adhiere como la hiedra á tus muros venerables. El genio griego, de que esta tierra está empapada en lo profundo, humedece y vivifica sus raíces. Por algo tus hijos más preclaros, sacerdotes del arte, apiñados y unidos entre sí como una gran familia, mantienen viva y ardiente la llama del espíritu humano, resguardándola con sus propios cuerpos de la furia del viento profanador. Vieja Egara románica. ¿Habías olvidado acaso las viñas y el olivo de tus campos, árbol caro á la divina Minerva, hija de Júpiter? Es tu tierra misma, el valle que te rodea, el más hermoso y fértil de Cataluña, quien reivindica á la luz del sol el señorío helénico? No es acaso aquel mar que allá abajo entre montañas se divisa, el Mar latino, el mar de los jonios, de los rodios y de los focenses? Si tú lo habías olvidado, he aquí la pléyade de tus hijos artistas que acuden á tu campana á percibir en el aire perfumado, el soplo inmortal de nuestros más remotos abuelos. Vieja Egara. Empero, acaso ningún otro pueblo en el mundo sienta en su corazón con tanta fuerza como tú, el atavismo de tu origen románico. Tus hijos son y se sienten aún, en el siglo XX, egarenses, tanto como en el siglo XII. Hay que saber ahondar con destreza para encontrar al heleno. He aquí la obra. Labor heroica. ¡Toda una epopeya! Pero tú posees ya el Héroe para esta empresa ¿Quién otro puede ser sino este preclaro maestro que acaba de hacer triunfar en un pequeño escenario de graciosa decoración clásica, el espíritu alma mater de la raza, dándolo á conocer á los suyos? ¡Ah! bien sabes lo que al Maestro le cuesta este triunfo. Su alma, su sangre, su carne macerada por el dolor y la lucha. Gemidos de fatiga y heridas flotan también en este ritmo triunfante. Es el precio de tu redención. El dolor ha consagrado la paternidad del nuevo clasicismo, y la noble serenidad de la Danza se realza y avalora con grandeza de Tragedia. Ya que el maestro de armonía y de dulzura más de una vez ha tomado la actitud agresiva del luchador Borghése, y la canción en sus labios se ha trocado en execración ardiente: «!Filisteos! !Filisteos!» Tú eres más que un símbolo, Tarrasa. En toda la tierra catalana, también por debajo de la tradición románica, la tradición clásica va renaciendo. Por ella nuestros espíritus luchan, se agitan é inquietan, agreden y sufren. Pero en ti vemos más que una representación, vemos y saludamos al lugar escogido, como por una sobrenatural revelación, para la morada de los dioses, para la sede del renacimiento clasicista. Tus Lares son las propias Hera y Pallas Atenea, y tu suelo fecundo me aparece en sueños abrirse para recibir entre cantos rítmicos, danzas y rondas infantiles, los cimientos de un Partenón. —Todo esto es lo que me decían aquellos hermosos brazos blancos y rosa... RAMÓN RUCABADO.