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(Enrique Núñez) Los ojos se me cierran y mis dedos no responden a mi cerebro cansado. Hace tres horas vi por última vez tu rostro y vi apagarse la luz de tu cuarto y seguí esperando hasta que todo fuese silencio y tú. Es inútil que quiera incorporarme, echar a andar. Es mejor esperar el soplo cálido del alba. Es mejor que no llegue a mi cuarto esta noche. Es mejor que no te vea años atrás. Es mejor estar aquí, velando tu sueño, Isel. Siento que tengo fiebre, me lagrimean las pupilas y un latido incesante golpea en mis sienes. Mis manos hacen una sola, el millar de pequeñas gotas que han perlado mi guitarra que ahora tiene un brillo extraño y despide un resplandor a momentos y luego se apaga. Ya no tengo fuerzas para levantarme y es tu imagen es tu sueño de niña buena el que me obliga a dormir un poco. Y ahora estamos juntos, caminando de noche por un bosque inmenso, con los pies desnudos, mojados, por las hojas muertas del sendero; tú estás vestida de blanco, Isel. Y tu sonrisa constante me hace temblar de dicha. Y puedo contar, que sé yo, cuantos destellos salen de tus ojos. Y con mis labios dibujo tus labios y una lluvia fina nos viste de agua a los dos. Temblando de frío nos sentamos, eternamente, bajo un tronco viejo y me tomas de la mano corriendo entre los árboles, me llevas a la orilla del torrente que baja del cielo como un fragor que a veces pronuncia palabras. Y te siento estremecer cuando escuchamos claramente cómo dices que estoy vivo. Y sentí miedo, —lo sigo sintiendo ahora—, cuando me despierto y todavía no amanece. La luna ya no está donde la dejamos y me duele el cuerpo. Despertar con miedo es terrible, Isel. Es terrible contar los pasos hasta mi casa, no volver la cabeza y, aunque no quiera, tener que ver un fuego fatuo. Y correr para besarte años atrás. Y empapar de mí, tu imagen. Buenos días, Isel. Versión del disco Con dulce rabia, Enrique Nuñez - 1989 www.lapaginadesilviorodriguez.com