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Hay personas que cuando se van — se llevan una parte de ti con ellas. No es algo que puedas explicar fácilmente. No es algo que la gente que nunca lo ha vivido pueda entender completamente. Pero aquellos que sí lo saben — los que han perdido a alguien que era su mundo entero — entienden exactamente de lo que estoy hablando. Ella se fue. Y yo me quedé aquí. Con su recuerdo en cada rincón. Con su ausencia en cada momento del día. Con la pregunta que no me dejaba dormir por las noches — ¿Dónde está? ¿Está bien? ¿Piensa en mí? Intenté seguir adelante. Lo intenté de verdad. Me dije a mí mismo que el tiempo lo cura todo. Que había cosas más importantes en las que enfocarme. Que debía respetar su decisión y seguir con mi vida. Pero el corazón no escucha razones. El corazón solo sabe lo que siente. Y lo que sentía era que algo estaba incompleto. Que había una conversación pendiente. Que había palabras que nunca llegaron a decirse y que si me iba de este mundo sin decirlas — no me lo perdonaría jamás. Así que tomé una decisión. Una decisión que muchos considerarían desesperada. Que algunos llamarían locura. Que otros — los que han amado de verdad — entenderían perfectamente. Contraté a alguien para encontrarla. No fue una decisión fácil. No fue algo que hice impulsivamente en un momento de debilidad. Fue una decisión tomada después de noches sin dormir. Después de meses de silencio. Después de agotar cada otra opción posible. Fue la decisión de un hombre que sabía — con absoluta certeza — que lo que tenía con ella no era algo que se pudiera simplemente dejar ir sin pelear por ello. Y entonces esperé. Los días que siguieron fueron los más largos de mi vida. Cada vez que sonaba el teléfono el corazón se me aceleraba. Cada mensaje que llegaba lo abría con manos que temblaban ligeramente. Cada noche me dormía preguntándome — ¿mañana será el día? Y entonces — llegó la llamada. La encontramos. Dos palabras. Solo dos palabras. Pero fueron las dos palabras más poderosas que había escuchado en mucho tiempo. Las dos palabras que de repente hicieron que todo — absolutamente todo — volviera a sentirse posible. La encontraron. Y en ese momento — en ese preciso momento — no pensé en el dinero que había gastado. No pensé en lo que la gente podría decir. No pensé en si había tomado la decisión correcta o incorrecta a los ojos del mundo. Solo pensé en ella. En su sonrisa. En su voz. En la forma en que hacía que todo en mi vida tuviera sentido con solo estar