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Historia ficticia ambientada en la Inglaterra del siglo XIX. Ophelia Redgrave tenía veintitres años, cabello castaño que nunca quedaba completamente recogido, y la curiosa habilidad de entrar a un cuarto sin que nadie notara su llegada. No porque fuera pequeña o insignificante — era todo lo contrario. Simplemente había aprendido, desde muy temprana edad, que en ciertas casas es más seguro no ser vista que ser notada por el motivo equivocado. Creció en los bordes de la pobreza elegante — ese tipo silencioso de miseria que se esconde detrás de vestidos remendados con esmero y sonrisas sostenidas a la fuerza en cenas donde la comida era racionada entre bastidores. Su padre, Edmund Redgrave, era un hombre de letras y de deudas. Un genio melancólico que amaba los libros más de lo que equilibraba las cuentas. Tenía una risa fácil, una mente brillante, y una incapacidad profunda para entender que el mundo no esperaría eternamente a que él resolviera sus asuntos financieros. Ophelia lo amó con la misma mezcla de admiración e impotencia con que se ama a alguien que uno sabe que no puede salvarse a sí mismo. Cuando Edmund murió, le dejó exactamente lo que cualquier hombre de la era victoriana dejaba a una hija sin dote y sin perspectivas: el nombre de la familia, un contrato con la tinta aún fresca, y una elección que no era elección en absoluto. La oficina del abogado olía a cera vieja y papel húmedo. Ophelia se sentó con las manos en el regazo, los dedos entrelazados con una firmeza que contradecía la palidez de su rostro. El señor Pennick, abogado de la familia desde hacía treinta años, se colocó los lentes sobre la nariz y comenzó a leer con esa voz monótona que transformaba las tragedias en elementos de una lista. La Mansión Redgrave. Las tierras de Ashfield. Las deudas acumuladas en nombre del difunto Edmund Redgrave. Y entonces, la cláusula que hizo que el aire saliera de los pulmones de Ophelia como si hubiera recibido un golpe: "...el total de las deudas contraídas ante la familia Brackenhirst, por valor de catorce mil libras, vence en treinta días a partir del fallecimiento del deudor, salvo acuerdo de liquidación alternativo previamente negociado entre las partes." Pennick hizo una pausa. La miró por encima de los lentes. — Su padre negoció un acuerdo alternativo, señorita Redgrave. Ella no dijo nada. Esperó...