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La salud de la sociedad se juega en mi matrimonio… ¡no al revés! ACUERDOS Y DESACUERDOS No puedo estar más de acuerdo con Nembrini: «El ambiente, entendido como mundo que nos rodea, en nuestras casas y en los colegios, nunca antes había tenido a su disposición tantos instrumentos como hoy para invadir despóticamente las conciencias: Hoy más que nunca el ambiente, con todas sus formas expresivas, es el educador o el deseducador por excelencia». También lo estoy con estas ideas de Juan Pablo II, sobre las que he reflexionado mucho: «Como es la familia, así es la sociedad, porque así es el hombre». CONTRADICCIÓN… SOLO APARENTE No hay contradicción entre esas afirmaciones, ni existe ningún problema en sostener que concuerdo con ambas. Las de Nembrini exponen un estado de hecho, mientras Juan Pablo II sostiene una gran ilusión y un auténtico deber… que nos incumbe directamente a todos los que formamos parte de un matrimonio. FAMILIA, SOCIEDAD, FAMILIA La relación entre familia y sociedad es un lugar común en la historia de la humanidad. La novedad aportada por Juan Pablo II reside en afirmar que el influjo más relevante es el que ejerce la familia en la sociedad, y no al contrario. El ser humano se hace, y se “rehace” día a día, en la familia. ¿Dónde aprende el hombre a tratar a los demás como personas? En su familia, en sus primeros años y del modo como se tratan entre sí sus padres. ¿Dónde debería rehacerse, tras una jornada de trabajo desgastante, el ser humano? “En su familia”, en su matrimonio. DE DENTRO AFUERA Sostiene Chesterton que la vida va de dentro afuera. La pregunta, entonces, no es “qué debe hacer la sociedad para mejorar la familia y mi familia”, sino “qué debo hacer yo en mi familia para mejorar el conjunto de la sociedad”. La familia no debería andar a la defensiva, evitando el daño que se le pueda infligir desde fuera. Eso es condenarse al fracaso. Se necesitan familias “amablemente agresivas”, seguras del amor y felicidad que son capaces de generar. La familia tiene mucho que proponer. Tiene que proponer lo único que importa: el amor. EL ENEMIGO NÚMERO UNO Recordaba Chesterton: «el enemigo número uno de la familia no hay que buscarlo afuera, en estas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras […]. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo […]. Es el “mí mismo” el que en su cobardía egoísta se muestra incapaz de aceptar el prodigioso escenario del hogar, con su grandeza de composición épica, trágica y cómica… ¡que todo ser humano puede protagonizar!» Traduzco: el enemigo número uno de mi familia soy yo, Tomás Melendo, cada vez que no inicio la jornada con la ilusión de acabar el día mucho más enamorado de Lourdes, mi mujer. Traduce también tú, con los nombres propios de tu matrimonio: el tuyo y el de tu cónyuge. Y asume tu responsabilidad. COMO POR ÓSMOSIS La aparente contradicción entre Nembrini y Juan Pablo II puede deshacerse apelando a la ley físico-química de la ósmosis. ¿Es la familia quien influye en la sociedad o la sociedad la que condiciona y determina la familia? ¡Depende!… de lo que tú y yo hagamos en nuestra familia, en nuestro matrimonio. Si nuestra familia es fuerte, irá cambiando la sociedad. Si es una familia débil… Podríamos llamarla la ley de la ósmosis del matrimonio y la familia, en relación con la sociedad. MI MATRIMONIO, LA HUMANIDAD, MI MATRIMONIO Junto con las antes citadas, otras palabras de Juan Pablo II han iluminado mis reflexiones, desde que las leí por ver primera. «Toda la gran red de las relaciones humanas nace y se regenera continuamente a partir de la relación con la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos el uno para el otro, y deciden unir sus existencias en un único proyecto de vida». Traduzco: la calidad de toda la gran red de las relaciones humanas, ¡de toda!, depende de la que instauremos tú y yo en nuestro matrimonio. ¿Se trata de una exageración? 1. La calidad de cualquier relación humana depende del amor real que medie en ella: no del sentimentalismo ni las palmaditas en el hombro…, sino del empeño en querer y buscar lo más eficazmente que pueda el bien de las personas con quienes me relaciono. 2. La calidad de cualquier relación humana depende del amor real que vibre en ella. 3. Y la única “institución” creada para hacer surgir y mejorar el amor es el matrimonio. Conclusión: lo más grande que puedo hacer por la humanidad es empeñarme en cada instante ¬—¡ahora!— en amar más a mi cónyuge. Y tú también.