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En lo alto del firmamento, donde las estrellas laten como brasas antiguas, vivía un ángel llamado Arael. No era el más fuerte ni el más venerado, pero tenía algo que en el cielo escasea: una curiosidad feroz por los humanos. Una noche, desde las almenas de luz del Reino Celeste, vio algo inquietante. En una ciudad llamada Madrid, las sombras crecían demasiado rápido. No eran sombras comunes, sino susurros densos que se enroscaban en los corazones, apagando la esperanza como si soplaran sobre una vela. El origen tenía nombre: Malvak, un demonio antiguo desterrado siglos atrás. No destruía edificios ni lanzaba fuego. Hacía algo más sutil. Sembraba miedo, discordia y desesperación. Convertía pequeños rencores en guerras personales. Alimentaba la duda hasta que la fe crujía como vidrio. Arael descendió sin trompetas ni relámpagos. Cayó como una pluma encendida y adoptó forma humana. Sintió el peso del cuerpo, el frío del aire, el pulso del tiempo. Era frágil. Era hermoso. Caminó por calles grises, ayudó a quien podía. Sus manos cerraban heridas invisibles. Sus palabras eran puentes donde antes había abismos. Pero cada acto de bondad provocaba que Malvak se agitara bajo tierra como un volcán oscuro. El enfrentamiento llegó en la azotea de un hospital donde la desesperanza era espesa. El demonio emergió, hecho de humo y ojos rojos como brasas. —No puedes salvarlos a todos —susurró Malvak—. Los humanos siempre eligen el miedo. Arael sintió la duda atravesarlo. Era cierto. Los humanos caían, fallaban, se herían entre sí. Pero también… se levantaban. En vez de desenvainar una espada de fuego, Arael hizo algo inesperado. Extendió sus alas y mostró recuerdos: madres que perdonan, amigos que regresan, desconocidos que ayudan sin pedir nada. Cada recuerdo brillaba como una chispa. Y las chispas, juntas, eran incendio. Malvak rugió. Intentó apagar aquella luz, pero la luz no venía solo del ángel. Venía de la gente que había sido tocada por pequeños actos de valentía. La esperanza se volvió contagiosa. El demonio comenzó a deshacerse, no por violencia, sino por inanición. Sin miedo suficiente, sin odio suficiente, se debilitaba. Antes de desaparecer, siseó: —Volveré cuando olviden. Arael lo sabía. El mal nunca muere del todo. Solo espera. Con la primera luz del amanecer, el ángel regresó al cielo. Pero dejó algo atrás. No una espada. No un escudo. Dejó la certeza de que incluso los corazones humanos, con todas sus grietas, pueden ser faros. Y en algún rincón del cielo, Arael sonríe cada vez que alguien, en medio de la oscuridad, elige encender una pequeña llama. #angeles