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Transcripción: Según cuenta la leyenda, durante el asedio de la ciudad de Sevilla por los cristianos, un ángel condujo al rey Fernando al interior de la mezquita principal donde, detrás de un muro que se hizo transparente, pudo ver la imagen de la Virgen de la Antigua. Al parecer, los musulmanes habían construido su templo sobre una antigua basílica visigótica en la que se encontraba esta pintura; como quiera que su religión siente un curioso respeto por la figura de la madre de Cristo, no destruyeron la imagen, sino que se limitaron a ocultarla, levantando un tabique que la escondiera. Con el tiempo, se olvidó su presencia en el lugar hasta la llegada de las tropas castellanas. Cuando el rey Fernando entró triunfante en la ciudad el día de San Clemente, 22 de diciembre de 1248, su primera orden fue rescatar la pintura de la Virgen de la Antigua de su cárcel de piedra. Nos encontramos ante una capilla que guarda en sí intrigantes misterios… Sin embargo, pese a cierta leyenda, sabemos que la imagen de la Virgen data claramente del siglo XIV, y no hay constancia alguna de la presencia de una nave paleocristiana o visigótica en el lugar donde hoy nos hallamos. La efigie medieval fue pintada en el interior de un pilar almohade de la Capilla de San Pedro, en la anterior catedral mudéjar, que no se derribó durante la construcción de la catedral gótica. Allí permaneció hasta que el arzobispo Cristóbal de Sandoval y Rojas encargó su traslado en 1578 a la capilla donde se halla desde entonces. Posteriormente, se le incorporó el retablo de mármol que hoy vemos en 1743, año en el que a Diego Antonio Díaz le fue encargada la reconstrucción de otras partes de la estancia. Anteriormente, ya se realizó una modificación a la capilla, motivo del enterramiento del cardenal Diego Hurtado de Mendoza: se elevó la altura de la nave y se duplicó la anchura para poder acomodar su sepulcro. Centrémonos ahora en la imagen de la Virgen de la Antigua. Se trata de una pintura al fresco en estilo bizantino. La virgen, sostiene a su Hijo con la mano izquierda y con la derecha una rosa, mientras que el Niño sujeta un pájaro. Sobre su cabeza dos ángeles mantienen en el aire una corona, que fue realizada en 1929 con motivo de la coronación canónica de la imagen. Ante nosotros se erige también el gran retablo que custodia la imagen. Terminado en 1738. En el primer cuerpo aparece la titular de la capilla, acompañada por tallas de San Joaquín y Santa Ana. El segundo está presidido por una imagen de Cristo Salvador, con los Santos Juanes a los lados. El frontal de plata del altar es de estilo rococó, de finales del siglo XVIII, al igual que la mayor parte de las sesenta lámparas de plata que cuelgan en los laterales de la capilla. En estos aparecen una serie de pinturas que narran la historia de la Virgen de la Antigua, junto con varios pasajes y figuras de santos; estas pinturas fueron realizadas por Domingo Martínez, ayudado por Andrés Rubira, entre 1734 a 1738. A nuestras espaldas podemos observar algo diferente a lo que vemos en otras capillas. Esta exposición se realizó al caso de la expedición de Magallanes y Elcano: los dieciocho supervivientes de los casi 250 iniciales se postraron a sus pies apenas llegaron a Sevilla tras su titánico viaje. Con tal motivo, en septiembre de 2011, se colocó una inscripción sobre bronce en la puerta de la capilla que recuerda el 489 aniversario de la gesta. Por último, en el muro izquierdo se ubica el bello sepulcro del cardenal Diego Hurtado de Mendoza, tallado en Italia por Domenico Fancelli en 1510. El Cardenal Hurtado de Mendoza, nacido en Guadalajara en 1443, fue un noble destinado a la Iglesia. Siguió los pasos de su influyente tío Pedro González de Mendoza también conocido como el Tercer Rey o El Gran Cardenal, arzobispo de Toledo y Sevilla. Ocupó varios cargos eclesiásticos destacados, incluyendo el arzobispado de Sevilla en 1487 aunque, no logró su principal deseo de ser arzobispo de Toledo. Fue nombrado cardenal en 1500 y falleció en 1502. Aunque ocupó altas posiciones, su papel principal fue como diplomático más que como pastor. Con ocasión de esto, nos gustaría terminar hablando de la conocida Maldición Gallega. En la peana del altar reposan los restos de otro arzobispo: Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, quien fue obispo de Segovia y Santiago de Compostela. Solicitó el cambio a la sede de Sevilla tras una epidemia en Compostela, causando controversia. Esta disputa entre ciudades desencadenó la Maldición Gallega, que decía que todo obispo que pase de la sede de Santiago a la de Sevilla moriría prontamente… De hecho, Zúñiga no llegó a pisar Sevilla, pues falleció en el camino a la altura de Jaén, sin llegar a tomar posesión.