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Eusebio Poncela, el actor que puso voz y mirada a la España que despertaba Madrid, mediados de los años ochenta. La ciudad vibra con la movida, los bares de Malasaña hierven de música, fotógrafos y pintores, pero hay un rostro que parece transitar entre dos mundos: el del teatro clásico y el del cine más arriesgado. Ese rostro es el de Eusebio Poncela, un actor con mirada hipnótica y voz profunda que se convirtió, casi sin proponérselo, en icono cultural de la década. Poncela no era exactamente un “chico de la movida”, aunque orbitaba cerca. Su presencia en la pantalla grande y pequeña condensaba algo del espíritu de la época: libertad, ruptura, intensidad. En 1982 había alcanzado la popularidad masiva con Los gozos y las sombras, la ambiciosa serie de Televisión Española que reunía a millones de espectadores frente al televisor. Allí interpretaba a Carlos Deza, un personaje complejo, elegante y rebelde, que parecía hecho a medida para ese actor madrileño que nunca se conformaba con lo evidente. Pero fue en el cine donde su figura adquirió el carácter de culto. En Arrebato (1979), de Iván Zulueta, ya había quedado fijado como un actor distinto: frágil y duro al mismo tiempo, atrapado en un mundo de obsesiones y noches interminables. Años más tarde, Pedro Almodóvar lo eligió para encarnar al director de cine Pablo Quintero en La ley del deseo (1987). Aquella película, con Antonio Banderas en uno de sus primeros grandes papeles, rompió tabúes al mostrar abiertamente una historia homosexual y convirtió a Poncela en un referente para toda una generación. En aquellos años, se decía que Poncela tenía algo de actor maldito: no buscaba el estrellato fácil ni los papeles comerciales. Prefería los personajes llenos de contradicciones, que le permitían explorar la parte más oscura o más vulnerable del ser humano. Su timbre grave y su dicción precisa lo convertían en una presencia magnética, casi teatral, incluso cuando el entorno era el cine más underground. Mientras muchos se dejaban arrastrar por el exceso colorido de la movida, Poncela parecía moverse en un territorio paralelo, más sobrio y enigmático. Era el actor de culto por excelencia, respetado en los escenarios —donde interpretaba a Genet o a Pinter con idéntica entrega— y venerado en el cine, donde sus películas se comentaban como rituales nocturnos. En la España de los 80, que buscaba su identidad entre la modernidad y la memoria, Eusebio Poncela encarnó un tipo de libertad distinta: la del intérprete que no necesitaba gritar para hacerse escuchar, que con un gesto y una mirada podía poner al descubierto toda la complejidad de un tiempo en transformación. Carlos Larrañaga (1937-2012) vivió los años 80 como una etapa de plena madurez artística y también de enorme visibilidad mediática. Ya era un actor muy popular desde joven, pero en esa década se consolidó como uno de los grandes rostros de la escena española. En los 50 y 60 había sido el eterno galán juvenil del cine español, pero en los 80 Larrañaga se transformó en el seductor elegante y canalla de la pequeña y gran pantalla. Su porte distinguido, su sonrisa socarrona y su capacidad para la comedia le convirtieron en uno de los actores más reconocibles del país. • En teatro, seguía siendo un referente: participó en montajes de comedia de enredos y de autores clásicos, siempre con éxito de público. • En televisión, trabajó en producciones como Anillos de oro (1983), la serie de TVE protagonizada por Ana Diosdado e Imanol Arias sobre el entonces novedoso tema del divorcio. Aunque él no era el protagonista, se movía con naturalidad en ese mundo de ficción que conectaba con la realidad social de una España en cambio. • En cine, alternó papeles serios con otros más ligeros, manteniendo intacto el aura de “actor de raza” que lo acompañó toda la vida. Los 80 también fueron años en los que su vida personal alimentaba las páginas de las revistas del corazón. Su matrimonio con María Luisa Merlo había terminado en los 70, pero su figura continuaba unida a la de una saga de actores: sus hijos Luis Merlo, Amparo Larrañaga y Pedro Larrañaga empezaban a despuntar en el mundo artístico, y el apellido era ya sinónimo de teatro y televisión en España.Aunque el papel que lo marcaría definitivamente llegaría en los 90 con Farmacia de guardia, en los 80 ya estaba construyendo esa imagen de hombre atractivo, con chispa, un punto arrogante pero siempre encantador, que conectaba tanto con el público masculino como con el femenino. Su sola presencia en un reparto garantizaba un toque de distinción y de comedia elegante, a medio camino entre el cabrón adorable y el caballero clásico. En resumen, los 80 fueron para Carlos Larrañaga una década de tránsito entre el galán juvenil que había sido y el icono televisivo que sería. Un tiempo en el que, sobre las tablas y en la pantalla, cultivó esa mezcla de encanto, ironía y elegancia que lo convirtió en uno de los actores más queridos de España.