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ASIA MARTÍN (Realización, vídeo y montaje) JUAN ANTONIO CARBAJO (Guion y redacción) Entró en la Escuela de Arte Dramático para ser locutora y salió con diplomas, bordando el verso y amando el teatro. Con 19 años ya era la estrella de los clásicos de José Tamayo y protagonista recurrente de aquellos dramáticos de TVE. Se refugió en el doblaje, un mundo que la arropó cuando la tragedia irrumpió en su casa de la manera más atroz. “Yo necesitaba trabajar sin parar y ellos me llamaron constantemente”, dice ahora agradecida. Logró reengancharse a la vida cuidando a enfermos terminales y escribiendo sobre ello. Volvió a los escenarios y en su regreso casualmente arrastró consigo a su hija Laura, que tampoco iba para actriz. Se metió en personajes tan intensos que aún hoy se le pone la carne de gallina al recordarlos en este #MuchaVidaQueContar que le dedica la Fundación AISGE. La primera anécdota actoral de Amparo Pamplona (Madrid, 1949) llegó muy temprano, con cuatro años en el rodaje de la película 'Dos caminos'. Tenía que agarrase a la piernas de su padre ficticio cuando iba a ser arrestado y decirle: “Papá, no te vayas”. Pero decidió saltarse el guion que había escrito su padre real, el periodista, guionista y director de cine Clemente Pamplona. “En vez de eso, yo me dediqué a insultar a los que venían a detener a mi padre”. En TVE, donde su padre llegó a ser subdirector, recurrían a ella cada vez que hacía falta una niña. “Me venían a buscar al colegio. Salía muy barata porque no me pagaban”. Luego hizo algún papel en los filmes de su padre 'Farmacia de guardia' (1958) y 'Pasos de angustia' (1961). “La verdad es que he hecho más cine de niña que de mayor”. Pero aquello no le despertó ninguna vocación. Si ingresó en la Escuela de Arte Dramático fue porque era mala estudiante y su padre pensó que con su voz podría ganar una oposición en RNE. Y sí, aprendió a “proyectar la voz, jugar con los matices, técnica…”, pero sobre todo, aprendió a “amar el teatro”. El premio Lucrecia Arana, que se otorgaba al mejor final de carrera en la escuela, le sirvió de llave para volver a los platós de TVE, pero esta vez cobrando. “Desde el principio me cayeron personajes maravillosos”. Fue Juana de Arco, Isabel de Castilla… encabezó durante años los repartos de 'Estudio 1', 'Teatro de siempre' o 'Novela'. Y con una lectura de 'El alcalde de Zalamea' se ganó un hueco en la primera fila de la compañía Lope de Vega de José Tamayo. El teléfono deja de sonar con el final de la edad de oro del teatro en TVE. “Allí lo había hecho todo, verso, comedia, tragedia…”. Con ese bagaje acude a un estudio de doblaje, un oficio al que dedicaría 20 años. “Tengo que decir, además, que el colectivo de doblaje se portó muy bien conmigo en una época muy terrible de mi vida”. La actriz perdió a su hija Aitana en un incendio en su domicilio y meses después a su marido por las secuelas del siniestro. El destino, dice, le deparó un lugar como ayudante de una enfermera que atendía a enfermos terminales en sus casas. “Estaban inmóviles, con escaras, viviendo los últimos meses de su vida. Todo esto fue tan impactante que me condujo a escribir un libro”. Amparo habla de 'Siempre quedan las estrellas' (1996), un texto que formó parte de su terapia. “La muerte de una hija no se supera nunca, pero sí me ayudó a asumir mi dolor, a integrarlo en mi piel. Así como sigo”. El regreso a los escenarios lo propició una llamada de Arturo Fernández. “Yo no estaba mentalmente preparada, era incapaz de memorizar nada, pero aquello era una cosa frívola y le dije que sí”. Su hija Laura la acompañaba a menudo y cuando una integrante de la compañía dejó la función, decidió ocupar su lugar. Las dos recuerdan mano a mano aquel momento. “Fue una decisión tomada un poco a lo loco". Aquella comedia fue una excepción en una carrera repleta de papeles intensos, de personajes que le han tocado la fibra. Destaca “por extraño” el de 'La cabra o quién es Sylvia' (2007), una mujer despechada por un marido que encontró el amor en una chiva. “Fue una experiencia maravillosa, un acto de locura que me costó la voz. Eran veintitantos minutos de insultos, de pelearme con Josep Maria Pou”. Otra experiencia al límite fue en 'El malentendido' (1983) de Albert Camus. “Un personaje bestial, y recuerdo que tuvimos que parar unos días por cómo nos estaba afectando. Y claro, tampoco es eso, esto es una profesión”. Amparo recuerda con nostalgia aquellos Veranos de la Villa en los que se programaban clásicos griegos en el Templo de Debod. “Y la gente se chafaba más de tres horas de representación”. Asume que ahora lo que le toca es hacer papeles que corresponden a su edad. Aunque eso no le exima de enfrentarse a personajes con cierta complejidad. Como la Filomena de 'Camino largo de vuelta a casa', una risueña anciana de 94 años que destapa una historia tan impactante como lo que comparte Amparo Pamplona en estos 30 minutos.