У нас вы можете посмотреть бесплатно La expulsaron por un rumor… años después El Duque descubrió la verdad или скачать в максимальном доступном качестве, видео которое было загружено на ютуб. Для загрузки выберите вариант из формы ниже:
Если кнопки скачивания не
загрузились
НАЖМИТЕ ЗДЕСЬ или обновите страницу
Если возникают проблемы со скачиванием видео, пожалуйста напишите в поддержку по адресу внизу
страницы.
Спасибо за использование сервиса ClipSaver.ru
Había algo en Balthazar Kingsford que desconcertaba incluso a quienes lo conocían desde hacía años. No era la frialdad, aunque eso era lo primero que la gente notaba cuando lo veía entrar a una habitación. No era tampoco la altura, ni el porte rígido que llevaba como si la columna le hubiera sido tallada en piedra desde niño. Era otra cosa. Algo más sutil, más difícil de nombrar. Era la forma en que sus ojos grises recorrían cada espacio sin detenerse en nada, como si nada de lo que veía le causara ni alivio ni dolor. Como si el mundo entero fuera un documento legal que ya había leído y firmado sin sorpresas. El Duque de Harker's End no odiaba a las personas. Simplemente no las necesitaba. Eso, al menos, era lo que él mismo se decía. Balthazar había heredado el ducado a los veintidós años, cuando su padre murió de forma inesperada durante una cacería en el norte. No hubo tiempo para el duelo porque no había nadie más. Ningún hermano mayor, ningún tío con ambiciones razonables, ningún primo dispuesto a cargar con el peso de cuatrocientas hectáreas, tres propiedades en ruinas parciales, deudas moderadas y un nombre que durante dos generaciones había brillado y durante una tercera había empezado a opacarse. Solo estaba él. Solo Balthazar, que en aquel entonces dormía tres horas por noche, aprendía contabilidad con un libro que pedía prestado a su abogado y rechazaba invitaciones sociales con la misma regularidad con que el sol salía por el este. Años después, Harker's End era otra cosa. Las deudas estaban saldadas. Las propiedades, restauradas. El nombre, reconstruido. Y Balthazar, más solo que nunca, aunque eso tampoco parecía importarle demasiado. Lo que sí le importaba, y de manera considerable, era el orden. Cada mañana el duque se levantaba antes del amanecer. Desayunaba solo. Leía correspondencia antes de que su mayordomo, el señor Aldren, terminara de organizar el correo. Firmaba documentos, revisaba cuentas, tomaba decisiones que afectaban a docenas de familias en el condado, y lo hacía todo con la misma expresión tranquila con que un cirujano opera: sin sentimentalismos, sin vacilaciones, con la certeza fría de quien sabe exactamente lo que hace y por qué. No era un hombre malo. Eso era importante entenderlo. Era, simplemente, un hombre que había aprendido muy temprano que las emociones no resuelven cuentas. Y que el afecto, cuando no está bien administrado, arruina tanto como una mala cosecha. Fue en ese contexto que llegó, un martes gris de noviembre, la carta del barón Whitestone...