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Virgen, grande es el misterio el cual en ti se consumó y admirado por los hombres y los ángeles de Dios. Simeón abraza con temor a Cristo el Salvador, quien gobierna lo creado con ternura y vigor. Cuando quiso Dios salvar del precipicio a Adán, en el vientre de la Virgen tuvo a bien él habitar. Las gargantas jubilosas te alaban con tesón: Oh purísima doncella que a Dios has dado a luz. Vamos a mirar a Cristo, Rey de toda creación, se presenta en el templo y lo carga Simeón Tú que miras a la tierra y se detiene con pavor: ¡cómo cabes en los brazos de tu siervo Simeón! Simeón vivía esperando ver al Cristo Dios luego dijo: “Ya despide al siervo tuyo hoy en paz.” Deja ir al siervo en paz según tu dicho, oh Señor, pues mis ojos hoy han visto al Cristo, Luz y Salvación. La tenaza que llevó la braza pura eres tú, oh María, que gestaste en tus entrañas a Jesús. Dios eterno, encarnaste por tu propia voluntad, te dignaste presentarte cual un niño en el Altar. En sus brazos hoy recoge el sacerdote Simeón al Autor de todo el orbe que del cielo hoy bajó. Purifica, oh Dios, mi alma con tu bello esplendor, puedan ver tu Luz mis ojos, y tu Gloria cantaré. Madre Virgen, Siempre Virgen, ¿qué ofreces al Altar? Cual infante nuevo a Cristo, Lo recibe Simeón Mientras ángeles le sirven en el cielo con temor, en la tierra es abrazado con amor por Simeón. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo En Esencia Uno eres, en Personas, Trinidad: Dios, protege a los creyentes, quienes buscan tu bondad. Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. Virgen, guarda del peligro tú, oh Madre del Señor, a los fieles que admiran con fervor tu protección.