У нас вы можете посмотреть бесплатно Música Peruana."La Mujer sin el marido no vale nada". Valse Peruano. Pepe Villalobos. или скачать в максимальном доступном качестве, видео которое было загружено на ютуб. Для загрузки выберите вариант из формы ниже:
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El maestro José "Pepe" Villalobos Cavero nos canta su tema "La mujer sin el marido no vale nada" con el acompañamiento de Yuri Juárez. A continuación transcribnimos una nota del diario El Comercio, del 11-12-2020. En el Perú en el que nació José Villalobos Cavero, un 8 de abril de 1930, Augusto B. Leguía prolongaba los últimos meses de su Oncenio y Felipe Pinglo Alva aún vivía, desplegando su talento y su bonhomía en jaranas cuyo eco aún resuena en los rincones más antiguos de los Barrios Altos. Calles de tierra, callejones, solares o pampones sonreían ante punteos de guitarra, cajoneos o guapeos que a veces no detenían ni el amanecer ni el canto de los gallos. En el barrio popular el jolgorio es bautizo, consuelo y exorcismo de penas. Algunos representantes de la Guardia Vieja músicos y reivindicadores del folclore criollo y afroperuano desde los años finales de la Guerra con Chile aún vivían y jaraneaban de lo lindo. Algunos de ellos, incluso, habían conocido la cultura de afroperuanos que habían sido esclavos. Podría decirse que en aquel 1930, las tradiciones musicales estaban frescas, aún había cronistas de los años fundacionales, los ritmos, los tempos y las letras, llenas de mensajes que eran también descripciones socioculturales, estaban vivos. Los herederos bebían todavía de la fuente original. En ese barrio nació Pepe Villalobos, quien muy pequeño se mudó a un solar del jirón Ancash. Al poco tiempo, dejó de lado los juegos y los correteos propios de su edad, para concentrarse en ese vecino que tocaba siempre el cajón, la guitarra o la quijada mientras ensayaba con un grupo de amigos. Víctor “Gancho” Arciniega, legendario cajoneador en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, le cambiaría la vida. Hoy, a los 90 años, tras cuatro infartos, Villalobos ha reducido su actividad física, pero no ha perdido el buen humor. “Como dice el vals, pasito a paso voy caminando”, aclara con una sonrisa. Y declama: “Acostumbrado a sufrir/ cualquier pesar me divierte/ Y salga el sol o no salga/ poco me importa/ Porque también el viento/ seca mi ropa.” En esta entrevista con El Comercio, el músico, cantor, investigador, recopilador, ocasional preparador de chinchiví y difusor del criollismo, recuerda aquellos días de aprendizaje inicial, las jaranas interminables, el culto a la tradición musical, los momentos entrañables con amigos y colegas como Pablo Casas, Jesús Vásquez, Óscar Avilés o su primo, Arturo “Zambo” Cavero. José Villalobos es uno de los últimos eslabones vivos entre aquellos años y los que el futuro le ofrece a la música criolla. Y aquí está su voz. -A usted lo llaman “El rey del festejo” por el ritmo musical y también por festejar mucho, ¿No? Las jaranas criollas de Barrios Altos son legendarias. (Risas) Efectivamente, porque la verdad de las cosas, quizás con un poquito de vanidad, yo compongo el festejo que más se aproxima al verdadero festejo. En ningún momento pretendo decir que soy el mejor, no, simplemente soy un criollo preocupado por rescatar la música antigua y darle vigencia. Por esas cosas y otras más es que se me ha llamado “El rey del festejo”, pero yo lo veo como algo muy sencillo. Simplemente he querido llevar el festejo y la música afroperuana en su verdadero ritmo. VIDA Y OBRA. José Alberto Villalobos Cavero nació en los Barrios Altos, el 8 de abril de 1930. El investigador Vicente Otta acaba de terminar un libro sobre su vida y su labor como artista y difusor del criollismo que espera publicar el 2021. ¿Recuerda cuál fue su primer contacto con la música? ¡Claro! Yo nací y me crié en los Barrios Altos. Mi madre era muy católica, así que me matriculó en el catecismo en la Iglesia de Cocharcas. En esa época yo ya tenía idea para el canto y un privilegio, pues podía hacer distintas voces. Me tocó un profesor que descubrió que yo tenía esa cualidad, así que puso mucho interés en ayudarme. Eso me abrió más el camino del aprendizaje. Desde esa época nació en mí la afición por la música, cantando himnos religiosos. Entonces, en 1940, a los 10 años, me fui a vivir al jirón Ancash. Por coincidencia ahí también vivía el más grande tocador de cajón de todas las épocas, Víctor Arciniega Samamé, apodado Gancho. Lo más grande que ha habido. Yo vivía en el número 9 y él en el 8 de la misma quinta, así que para entrar y salir tenía que pasar junto a su puerta. Y ahí ensayaba justamente el famoso Conjunto Ricardo Palma (Pancho Estrada, Francisco Ballesteros y Samuel Márquez eran los otros integrantes) que practicó todas las manifestaciones representativas de nuestro folclore en su verdadera esencia. Eso acrecentó mi afición por la música criolla, pero yo no tenía ningún instrumento ni nada por el estilo. Cuando ellos ensayaban, yo estaba paradito en la puerta desde las 8, 9 am hasta las 4 de la tarde, viéndolos atento, lo cual infuyó en mi afición y dedicación.