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La comunidad rural de Covunco Abajo atraviesa una crisis sin precedentes: el arroyo que abastecía de agua a familias, animales y cultivos se secó por completo. La postal es desoladora: piedras en lugar de cauce, animales debilitados y huertas quemadas bajo el sol. Según el testimonio de María Rita Escalona, productora del paraje, la situación es límite. “El arroyo parece que nunca hubiese existido”, describió con crudeza. Los pozos que intentan suplir la falta de agua también comienzan a agotarse, mientras que las lagunas que quedan están contaminadas y provocan enfermedades en el ganado. La emergencia no responde únicamente a la sequía: productores denuncian desvíos de caudal aguas arriba que impiden que el agua llegue a los sectores bajos. Lo poco que queda se estanca en charcos verdes, consumidos por los animales ante la falta de alternativas. La producción local —principalmente pasturas y hortalizas para consumo familiar— quedó paralizada. La alfalfa se quema, las huertas no sobreviven y la posibilidad de alimentar al ganado se vuelve cada día más incierta. Unas 150 familias están afectadas directamente por esta crisis que se arrastra desde hace años, pero que en esta temporada alcanzó su punto más grave. Ante el abandono, los vecinos convocaron a una reunión comunitaria en el puente Covunco para exigir soluciones urgentes. Reclaman intervención estatal, control del uso del agua aguas arriba y medidas inmediatas para evitar un daño irreversible. “Ya no hablamos de pérdidas futuras, hablamos de daños que están ocurriendo ahora”, advirtieron los productores. Mientras tanto, en Covunco Abajo cada día sin agua profundiza la sensación de desamparo. El arroyo seco no es solo un cauce vacío: es el reflejo de una comunidad que lucha por sobrevivir en silencio, esperando que el agua —y las respuestas— vuelvan a correr antes de que sea demasiado tarde.