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UN GRITO DE FE DESDE LA PROFUNDIDAD DEL ABISMO Al adentrarnos en la lectura del versículo veinticinco del capítulo diecinueve del libro de Job, nos situamos frente a uno de los pasajes más sublimes, paradójicos y espiritualmente densos de toda la Sagrada Escritura. El contexto inmediato es desgarrador: nos encontramos con Job, un hombre que ha sido reducido a la miseria más absoluta, despojado de toda gloria terrenal, afectado en su salud y, para colmo de males, visto bajo sospecha por sus propios amigos, quienes insinúan que el anciano afligido ha abandonado el temor de Dios. Sin embargo, es precisamente desde ese escenario de ruina que, levantándose literalmente desde el polvo y la ceniza donde estaba postrado, Job emite un rugido de certidumbre que el Espíritu Santo se encargó de registrar para que resonara a través de los siglos, estás fueron las palabras de Job frente a la desgracia: “Yo sé que mi Redentor vive”. Este no es el lamento frágil de un hombre derrotado que se resigna al destino fatalista, sino la confesión vibrante de alguien que se sabe vencedor; un hombre que, por pura Gracia, ha obtenido una victoria total, completa y abrumadora sobre cualquier adversidad. Y es crucial notar que esta victoria no se funda en su fuerza propia ni en su capacidad de resistencia estoica, sino exclusivamente en el Amor y el Poder de su Salvador. El cristiano debe saber que “el sufrimiento es a menudo el crisol donde se refina la verdadera nobleza humana; la batalla de la vida para que tenga valor, debe pelearse cuesta arriba, y ganarla sin lucha sería ganarla sin honor”. Job está peleando la batalla más dura de su vida, pero no lo hace con armas carnales, sino con la espada del Espíritu que es la certeza de la fe. Porque la fe verdadera, la fe que salva, no se prueba en la tranquilidad de los tiempos de bonanza ni en la prosperidad material, sino que brilla con su luz más pura y potente cuando todas las evidencias circunstanciales en nuestra vida parecen contradecir la Bondad y la Providencia de Dios. El Espíritu Santo, a través de la narrativa de las Sagradas Escrituras, nos revela que Job, para consolarse en su miseria y vindicar su inocencia ante los "consoladores molestos" que le martirizaban con acusaciones falsas, recurre a una confesión dogmática, tanto con su boca como con su corazón: “Yo sé que mi Redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo”. Aquí yace una lección esencial y perenne para el creyente de hoy en día: “cuando el mundo se derrumba a nuestro alrededor, el estudio de la Verdad Revelada y su meditación no son un simple ejercicio intelectual, sino el único refugio seguro y la verdadera fuente de consuelo”. Aun sin verle físicamente, Job, al igual que el patriarca Abraham, se sostuvo mirando al Invisible y creyó firmemente que su salvación personal vendría del Dios Redentor. En este sentido, podría decirse que en esta dinámica espiritual “la fe consiste en creer lo que no ves, y la recompensa de esta fe es ver lo que crees”. Job ejercía esa fe ciega a las circunstancias adversas que sufría, pero capaz de mirar la eternidad que le esperaba. Consideremos detenidamente la escena que se nos narra en el capítulo diecinueve del libro de Job. Este hombre, sujeto a una aflicción indescriptible, había perdido toda esperanza de una restauración material. En los versículos circundantes, su lenguaje poético lo describe como “un árbol cortado”, sin esperanza de volver a ver la felicidad en esta vida terrenal. Pero quien ha edificado su mente y corazón con la Palabra de Verdad, sabrá que a menudo Dios, en Su Soberanía, despoja al creyente de toda esperanza terrenal para obligarlo a mirar hacia el Cielo. Es aquí, en la "noche oscura del alma", donde Job no busca una explicación filosófica al origen del mal que lo aqueja, ni trata de justificar su dolor con lógica humana; en cambio, fija su atención en Dios Todopoderoso. Su confianza no se basa en la tradición, ni en lo que otros le han dicho acerca del Señor, sino en una convicción empírica profunda; se basa en lo que él sabe y cree con certeza en su corazón. Por eso Job enfatiza con autoridad, diciendo: “Yo sé”. Cuando Job afirma: “Yo sé que mi Redentor vive”, no está negando sus circunstancias externas, que le son bastantes adversas y dolorosas. Job inspirado por el Espíritu Santo expone esta Verdad, porque su corazón tiene comunión íntima con el Dios de Pacto que cumple todas Sus Promesas. El verdadero Conocimiento de Dios que se nos enseña a través de las Escrituras argumenta que: “la Fe Salvífica es la mirada del alma hacia un Dios que es real, infinitamente más real que el dolor que sentimos en el cuerpo”. Por ello Job, aunque en la carne era afligido y consumido por muchas aflicciones, dentro de él, su hombre interior se renovaba esperando confiadamente en las Promesas del Señor. La fe verdadera no se ancla en una doctrina abstracta, sino en la Persona de Dios; no se aferra a un sistema de creencias frío, sino a Cristo mismo.