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Hay heridas que el tiempo no puede borrar. Momentos que han marcado nuestro corazón, recuerdos que se repiten como sombras en la memoria y dolor que, aunque parezca leve, nos acompaña cada día. Todos hemos tenido experiencias que nos dejaron cicatrices invisibles, esas que nadie ve pero que nos impiden avanzar. Imagina a alguien llamado Andrés. Durante años, vivió con un resentimiento profundo hacia un amigo que lo traicionó. Intentó “dejarlo pasar”, intentó perdonar, intentó distraerse con la rutina y el tiempo. Pero nada funcionaba: cada recuerdo, cada lugar que visitaba, cada conversación que escuchaba, lo hacía revivir la traición. El tiempo había pasado, sí, pero su corazón seguía encadenado al dolor. Fue entonces que escuchó algo que cambiaría su perspectiva: "Andrés, Dios sana lo que el tiempo no puede." Al principio, la frase le sonó a cliché. Él había confiado en que el tiempo haría su trabajo, que los años curarían su corazón, pero no fue así. Sin embargo, decidió probar algo diferente: entregó su dolor, su ira y su resentimiento a Dios. No fue un acto de magia instantánea, sino de fe profunda. Con cada oración, con cada suspiro de entrega, comenzó a sentir una ligera liberación. No estaba solo, no tenía que cargar su dolor eternamente. Lo que el tiempo no pudo sanar, Dios comenzó a transformarlo desde adentro. El resentimiento se convirtió en comprensión, la amargura en paciencia y la herida se transformó en lección de vida. Escriba en los comentarios si alguna vez sintió que el tiempo no podía curar su corazón. Esta es la oportunidad de reconocer que hay algo más grande que nuestras fuerzas, algo que va más allá del tiempo: el poder sanador de Dios. Déjame contarte otra historia: Había una mujer llamada Mariana que había perdido a su madre en circunstancias dolorosas. Cada año, cada aniversario, cada recuerdo de su madre le generaba un vacío que parecía insalvable. La tristeza no disminuía con los años, y aunque buscaba consuelo en amigos y familiares, sentía que había una parte de su corazón que no podía sanar por sí sola. Un día, mientras meditaba, escuchó estas palabras en su interior: "Dios sana lo que el tiempo no puede." Esa noche decidió entregarle su dolor a Dios. No fue un proceso rápido, no desapareció la tristeza de inmediato, pero comenzó a sentir algo extraordinario: la paz empezó a llenar los espacios vacíos de su corazón. La tristeza seguía ahí, pero ya no la dominaba. Dios estaba trabajando donde el tiempo había fallado. La fe no reemplaza el dolor; lo transforma. No borra las experiencias, pero nos permite vivir con ellas sin que nos destruyan. Nos enseña que incluso las heridas más profundas, las que el tiempo no logra curar, tienen un propósito y un camino de sanación que solo Dios puede abrir. Imagina ahora a alguien llamado Jorge, quien vivió un accidente que lo dejó marcado física y emocionalmente. Pasaron años y aunque su cuerpo se recuperó, su mente no dejaba de revivir el miedo y la inseguridad. El tiempo curó la carne, pero no sanó la herida interna. Hasta que un día decidió entregarse con humildad a Dios y confiar en que Él podía sanar donde el tiempo no podía. Poco a poco, empezó a experimentar una liberación interior. Las pesadillas disminuyeron, los recuerdos dolorosos ya no controlaban sus decisiones y su corazón empezó a sentirse ligero, nuevamente vivo.