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En el mensaje “Amar sin envidia”, Danilo Montero parte de uno de los textos más profundos del Nuevo Testamento: Primera Carta a los Corintios 13:4-7, donde el apóstol Pablo define el amor no solo por lo que es, sino por lo que no es. “El amor no es envidioso.” Amar es buscar y celebrar el bien del otro. Si el amor celebra el bienestar ajeno, la envidia hace exactamente lo contrario: sufre cuando otro es bendecido. La envidia aparece cuando: Veo a alguien como mi igual, pero con más bendición. En vez de celebrarlo, lo sufro porque hiere mi ego. Culpo a Dios por el “desbalance”. La envidia no es solo comparación; es una forma de rebelión contra Dios. Es querer ser alguien distinto al que Dios diseñó. En el fondo, la lucha entre amor y envidia es una lucha entre mi ego y la adoración. El mensaje nos lleva a una verdad poderosa: Hay un lugar donde la envidia no puede florecer… el corazón que sabe que es hijo amado. En Evangelio de Juan 13 vemos a Jesús lavando los pies de sus discípulos. Lo hace “sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos”. Su identidad estaba segura. No necesitaba competir. Cuando nuestra identidad está arraigada en el amor del Padre —como afirma Primera Carta de Juan 3:1— dejamos de medirnos por popularidad, logros o reconocimiento. Sabemos que ya lo tenemos todo en Cristo. La solución práctica frente a la envidia no es negarla, sino: Llevarla a la cruz. Recordar que estamos crucificados con Cristo (Carta a los Gálatas 2:20). Decidir servir. Jesús mostró que el camino para vencer el ego es tomar la toalla y lavar pies. La envidia busca el lugar de otros. El amor impulsa el avance de los demás. Cuando adoramos, el ego muere. Cuando servimos, la envidia pierde poder. Cuando sabemos que somos hijos, descansamos. Amar sin envidia es vivir desde la seguridad del abrazo del Padre.