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La guerra en Ucrania ha entrado en una fase crítica y brutal que ya no solo amenaza al país devastado por el conflicto, sino que sacude los cimientos políticos, económicos y estratégicos de toda Europa. Mientras Washington multiplica declaraciones contradictorias y promesas de armamento que no llegan, la realidad en el frente es implacable: Ucrania pierde hombres a un ritmo que muchos califican de insostenible, y Rusia consolida su ventaja militar y estratégica. Donald Trump aparece en el centro de esta tormenta como una figura errática, atrapada entre la política interna estadounidense y una guerra que ya no puede controlar. Por un lado, intenta convencer a su electorado de que no está financiando indefinidamente el conflicto; por otro, mantiene un flujo de apoyo indirecto que prolonga la guerra sin cambiar su desenlace. El resultado es una estrategia ambigua que alimenta la destrucción sin ofrecer una salida real. Las cifras de bajas ucranianas, filtradas y debatidas en círculos de seguridad, apuntan a un desgaste humano devastador. Cada mes, decenas de miles de soldados desaparecen del campo de batalla, mientras el país se enfrenta a una crisis demográfica que amenaza su propia supervivencia como nación. A pesar de ello, la presión política desde Europa y sectores del establishment occidental empuja a Kiev a continuar una guerra que se vuelve cada día más asimétrica. Europa, lejos de mostrarse unida, comienza a fracturarse. Las economías se debilitan, los gobiernos tambalean y los discursos belicistas chocan con sociedades que no están dispuestas a pagar el precio humano del conflicto. La promesa original de estabilidad y seguridad se diluye, reemplazada por bloques rivales, tensiones internas y el riesgo real de nuevos enfrentamientos en el continente. Rusia, mientras tanto, mantiene una postura pragmática y fría. No oculta su objetivo: victoria primero, paz después. Desde Moscú se observa cómo Occidente gana tiempo mientras Ucrania se vacía de recursos humanos. Para el Kremlin, el reloj juega a su favor. Cada retraso, cada arma que llega tarde, acelera un desenlace que ya parece escrito. El conflicto ucraniano ha dejado de ser una guerra local para convertirse en una crisis sistémica. Amenaza con romper la OTAN, debilitar la Unión Europea y abrir la puerta a décadas de inestabilidad. En este escenario, Ucrania corre el riesgo de convertirse en el sacrificio final de una lucha geopolítica donde las grandes potencias juegan, pero otros mueren.