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Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Gloria Ordaz: El régimen cubano atraviesa una fase de colapso sostenido que ya no se proyecta a futuro, sino que ocurre en tiempo presente. La combinación de una economía devastada, sin capacidad productiva ni fuentes de auxilio externo, ha dejado al sistema sin margen de maniobra. A ello se suma la pérdida casi total de respaldo popular: el relato revolucionario ha sido erosionado por décadas de escasez, represión y promesas incumplidas, hasta convertirse en un discurso vacío frente a una sociedad exhausta. A diferencia de otras etapas, Cuba ya no cuenta con aliados capaces de sostenerla. La dependencia histórica de la Unión Soviética terminó con el “Período Especial” y el posterior salvavidas venezolano se agotó con la crisis de ese país. Hoy, ningún actor regional o global está en condiciones reales de rescatar al régimen. Ni siquiera el apoyo político de México se traduce en ayuda material decisiva, debido a las presiones económicas y estratégicas que enfrenta y a su dependencia del mercado estadounidense. En este contexto, las maniobras militares y el discurso beligerante del régimen buscan provocar una reacción externa. La estrategia de victimización frente a Estados Unidos ha sido un recurso histórico para cohesionar internamente, pero carece de eficacia en un escenario donde Washington deja claro que no promoverá un cambio de régimen por la fuerza, aunque no oculte su interés en ver el fin de una dictadura que considera una amenaza a su seguridad nacional. La clave del desenlace cubano está en el frente interno. Pese a la ausencia de una oposición organizada y a la casi total anulación del periodismo independiente, la isla vive una resistencia civil persistente. Más de cuatro mil manifestaciones en el último año evidencian un malestar extendido que el aparato represivo logra contener solo de manera momentánea. Cuba se ha convertido, además, en el país con mayor número de presos políticos en la región, una señal del miedo estructural del poder frente a su propia población. Cada ciudadano cubano se ha transformado en un opositor potencial. Aunque la represión sigue siendo dura, su eficacia se erosiona a medida que los propios represores comparten el mismo deterioro social y económico que el resto del país. La caída de otros regímenes autoritarios, incluso tras campañas represivas severas, refuerza la idea de que cuando se pierde el soporte social, el colapso se vuelve inevitable. Desde la perspectiva hemisférica, el fin de la dictadura cubana es un proceso en marcha más que como una hipótesis. Sin necesidad de una intervención militar, la conjunción de factores internos, el aislamiento internacional y la presión acumulada por décadas de conflictos exportados —desde el narcotráfico hasta la desestabilización regional— colocan al régimen en una fase terminal. Para Estados Unidos y para las Américas, el cierre de este ciclo histórico se perfila como una cuestión de tiempo.