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Llega mayo y la Vall de la Gallinera abre su temporada de recolección de la cereza. El bello entorno natural se convierte en lugar de cita para amigos y visitantes. Acudimos así a la llamada del agua, a la del deleite en el paisaje. La huella andalusí, moruna o morisca, ha dejado su impronta en la piedra, ha dibujado una topografía que se eleva en el castillo y se hunde en la alquería. En las ruinas de los despoblados pervive una presencia secular que no pudo borrar el paso del tiempo ni la sangre repobladora. El corto documental que ofrecemos sobrevuela estos enclaves de la mano del escritor pegolino José Cambrils. Escritor, agricultor y maestro de obras retirado, él también cultiva cerezas en sus terrazas de l’Ombria. Dice que la temporada no ha sido buena y que será cosa de emplazarnos para la próxima. Vivamos la presente con intensidad, por si acaso no quedara otra. Los restos del Castell de Gallinera o Benirrama muestran que la fortificación daba entrada a la Vall encaramándose a una peña. Sus orígenes se encuentran entre los siglos XI y XII, aunque la primera referencia documental es de 1245. Un fuerte terremoto destruyó sus baluartes hacia 1396. Reconstruidos durante los siglos XIV y XV, el castillo fue definitivamente abandonado en 1644 a raíz de un nuevo sismo. Su planta es alargada e irregular con una torre rectangular en el centro y un aljibe. Los lienzos de muralla se acomodaban al contorno de la cima para dar entrada protegida a través de una torre cuadrada. La construcción era de mampostería, con tramos edificados con muros de tapia. Desde sus atalayas se avistan mar y monte, risco y valle; Oliva en la costa y Pego a pie de llano. Desde allí a Benirrama, barranco y gargantas que se distribuyen para permitir las faldas de los frutales. En primavera son las cerezas, que este año han sufrido la contingencia de las malas lluvias. Dio nombre a esta alquería un moro llamado Beni Rahma, cabeza de una familia que aparece consignada en el censo de 1369. Hoy esta pequeña población vive en una paz lugareña, no demasiado atosigada por los forasteros incómodos y otras plagas turísticas.