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La gran nevada de febrero de 2015 Febrero de 2015 fue uno de esos meses que no se olvidan jamás. Yo estaba en la Montaña Palentina cuando llegó aquella gran nevada, y todavía hoy, al recordarla, siento el mismo silencio blanco envolviéndolo todo. Durante días no dejó de nevar. La montaña entera, desde las cumbres del Curavacas hasta las laderas de Peña Labra y Tres Mares, fue quedando sepultada bajo un manto que parecía no tener fin. En los pueblos la nieve superaba el metro, y en las alturas alcanzaba los tejados y los muros como si quisiera borrar los caminos. Vi cómo lugares como Salcedillo, Triollo, el Santuario de Nuestra Señora del Brezo, Piedrasluengas o San Juan de Redondo quedaban completamente aislados. Las carreteras desaparecieron, convertidas en largos túneles de nieve, y muchas veces solo se podía pasar en tractor o a pie, abriendo paso con pala. Yo mismo tuve que salir a limpiar la nieve una y otra vez. Los tejados crujían bajo el peso, y cada día había que subir a quitarla para que no se vinieran abajo. El frío mordía fuerte; las noches caían por debajo de los diez grados bajo cero, y el hielo lo cubría todo. Recuerdo a los ganaderos luchando contra la nieve para llegar hasta el ganado. Abríamos surcos blancos hasta las cuadras para llevar comida y agua a las vacas y a las ovejas. Algunas puertas quedaban enterradas, y entrábamos por las ventanas o por los tejados. Y aun así, en medio de aquella dureza, la montaña estaba más hermosa que nunca. Los bosques, los pueblos de piedra, los ríos como el Carrión y el Pisuerga, todo quedó cubierto por un blanco puro que parecía detener el tiempo. Por las noches solo se oía el crujido de la nieve y el viento bajando de las cumbres. Aquellos días nos devolvieron a lo esencial: la lumbre, el silencio, el cielo estrellado sobre la nieve y la sensación de estar aislados del mundo, pero protegidos por la montaña. La gran nevada de febrero de 2015 no fue solo una tormenta: fue una prueba de resistencia, y también un recordatorio de lo que es realmente la Montaña Palentina: dura, hermosa y eterna.