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Napoleón Bonaparte es una de las figuras más influyentes, complejas y debatidas de toda la historia moderna. Militar de genio indiscutible, político autoritario, reformador del Estado, estratega brillante y, al mismo tiempo, responsable de guerras devastadoras que cambiaron el destino de millones de personas. Su vida encarna como pocas la transición entre el mundo del Antiguo Régimen y la Europa contemporánea. Napoleón nació el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, Córcega, una isla que había sido incorporada recientemente a Francia tras siglos de dominio genovés. Su familia pertenecía a una pequeña nobleza local empobrecida. No eran campesinos, pero tampoco formaban parte de la élite francesa. Desde niño, Napoleón vivió una fuerte tensión identitaria. Corsos y franceses se veían mutuamente con recelo. En las academias militares del continente, Napoleón era percibido como un extranjero: hablaba francés con acento, tenía modales distintos y carecía de conexiones sociales. Esta condición marcó profundamente su carácter. Fue un niño solitario, introvertido, lector voraz y obsesionado con la historia antigua, especialmente con figuras como Alejandro Magno y Julio César. Desde muy joven desarrolló una idea clara: la grandeza individual podía imponerse al destino. Napoleón ingresó en academias militares francesas donde destacó por su talento matemático y su comprensión de la artillería, un arma que en aquel momento estaba transformando la guerra. No era especialmente carismático en lo social, pero sí extremadamente disciplinado, trabajador y ambicioso. La Revolución Francesa cambió su destino. Con la caída de la monarquía, muchos oficiales aristócratas abandonaron el ejército o fueron ejecutados. Esto abrió oportunidades sin precedentes para oficiales jóvenes y capaces. Su primer gran momento llegó en 1793, durante el asedio de Tolón, cuando diseñó una estrategia de artillería que permitió recuperar el puerto de manos británicas. Con apenas 24 años fue ascendido a general. A partir de ese momento, su carrera se aceleró de forma vertiginosa. Entre 1796 y 1797, Napoleón lideró la campaña de Italia. Al frente de un ejército mal equipado, derrotó repetidamente a fuerzas austríacas superiores en número. Sus victorias no solo fueron militares, sino también políticas y propagandísticas. Supo comunicar cada triunfo, construir su imagen pública y presentarse como el salvador de la patria revolucionaria. En 1798 emprendió la expedición a Egipto. Aunque militarmente fue un fracaso estratégico, tuvo un enorme impacto cultural y científico. Napoleón se rodeó de sabios, arqueólogos y científicos, y contribuyó al inicio de la egiptología moderna. También comprendió algo fundamental: el poder no solo se conquista con ejércitos, sino con relato. Desde ese momento, Napoleón gobernó como un reformador autoritario. Estabilizó la economía, reorganizó la administración, centralizó el Estado y promulgó el Código Civil Napoleónico, que garantizaba la igualdad ante la ley, la propiedad privada y la secularización del Estado. Muchas de estas reformas siguen vigentes hoy. En 1804, Napoleón se coronó a sí mismo emperador. El gesto fue simbólico: no debía su poder a Dios ni a la nobleza, sino a sí mismo y a la nación. Durante la siguiente década, dominó gran parte de Europa continental. Derrotó a Austria, Prusia y Rusia en batallas como Austerlitz, Jena o Friedland. Reorganizó territorios, impuso gobiernos aliados y rediseñó el mapa europeo. Sin embargo, su ambición no conocía límites. El Bloqueo Continental contra el Reino Unido, la Guerra de España y, sobre todo, la invasión de Rusia en 1812 marcaron el inicio de su caída. El desastre ruso destruyó su ejército y mostró que incluso el mayor genio estratégico tenía límites. Napoleón combinaba una confianza extrema en sí mismo con una profunda inseguridad interior. Necesitaba controlar cada detalle, trabajaba sin descanso y tenía una memoria prodigiosa. Podía ser encantador y cruel, pragmático e idealista, reformador y tirano. Tras ser derrotado, Napoleón fue exiliado primero a Elba. Regresó brevemente al poder durante los Cien Días, pero fue derrotado definitivamente en Waterloo en 1815. Esta vez fue enviado a la remota isla de Santa Elena, donde pasó sus últimos años escribiendo memorias y construyendo su propia leyenda. Murió en 1821. Las causas oficiales hablan de cáncer de estómago, aunque persisten teorías de envenenamiento.