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EL DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás los bienes ajenos” Por P. Israel J. Rodriguez Este mandamiento pone límite a la ambición humana que tuvo sus orígenes cuando el hombre creyó en el engaño del demonio “seréis como dioses” (Gn 3,5). El deseo de poseer y el afán por el dinero pueden pervertir el corazón del hombre hasta hacerlo insensible a las necesidades de su prójimo. La Escritura condena los actos de codicia de aquellos que se enriquecen a expensas de los pobres y necesitados. La codicia y la envidia son un veneno en el alma que llevan al homicidio (ej. Caín y Abel; Acab y Nabot). La codicia conlleva un desprecio a la propia realidad, lo que uno es y tiene. No desear los bienes del otro es aceptar la “porción que Dios te ha dado.” Aprecia lo que tienes y serás feliz. La seguridad que hemos perdido al cortar con Dios, la buscamos en las cosas, en los afectos, en las propiedades y seguridades económicas. Pero sólo Dios con su infinito amor puede saciar el hueco que han dejado los ídolos en el corazón humano. El Señor nos viene a curar del ojo malo que filtra toda la realidad a través del interés propio y el afán de poseer. Combatimos la tentación de desear los bienes ajenos a través del desprendimiento de los bienes, la generosidad y la limosna. “Haceos tesoros en el cielo” (Mt 6, 20). Los cristianos de los Hechos de los Apóstoles vivían la comunión de los bienes. La caridad con los hermanos y especialmente con los pobres es característica de los cristianos. El mayor tesoro que podemos compartir con los demás va más allá de los bienes físicos. A través de la Evangelización y la formación en la fe, vamos haciendo partícipes a las personas de los bienes celestes y el tesoro de gracia que nos consiguió nuestro Señor Jesucristo, accesibles ahora gratuitamente por la fe y la práctica de la caridad.