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Ya era 9 de enero, nuestro último día en Turquía. Llegamos temprano al aeropuerto, así que todavía había tiempo para comer algo… y despedirnos como se debe: con unas ricas cervezas turcas antes del vuelo. Mientras esperábamos, algo me llamó mucho la atención: muchos hombres con “marcas” o accesorios en la cabeza. Después entendí por qué: al parecer, en Turquía se han hecho súper conocidos por los implantes capilares, y era evidente que varios viajeros estaban ahí por eso. El vuelo era especial también por otra razón: pasábamos de un país fuera de la comunidad europea a otro dentro, así que tocaba mostrar pasaportes otra vez. Por suerte, el trámite fue rápido, sin dramas… y listo: rumbo a una nueva ciudad. Y entonces… Budapest nos recibió con nieve. Nunca había visto tanta nieve dentro de una ciudad: calles blancas, techos cubiertos, un silencio distinto… como si todo se hubiera puesto en “modo película”. El departamento era precioso: de época, acogedor, con ese encanto europeo que te hace sentir que estás viviendo una postal. Pero lo mejor estaba afuera: las vistas. El imponente Puente de las Cadenas y, más allá, el increíble Parlamento de Hungría. De noche, con la nieve y las luces reflejándose en el agua del Danubio, el Parlamento se veía sublime: gigantesco, dorado, casi irreal… como un palacio encendido en medio del invierno. Esa mezcla de luz cálida, cielo oscuro y blanco alrededor lo hacía aún más mágico. Primero lo contemplamos desde la otra orilla, a distancia… y después lo tuvimos ahí mismo, a un par de metros, sintiendo toda su escala y su presencia. Así terminó una nueva aventura… y empezó otra. A descansar, respirar hondo y prepararnos para descubrir, con calma, la muy bella Budapest.