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In memoriam de María Jesús del Hoyo María Jesús del Hoyo, nació en Bores (Vega de Liébana) en el año 1920 y falleció el 22 de noviembre de 2024 a los 104 años de edad. Dejó una amplia descendencia: 9 hijos, 23 nietos, 21 bisnietos y un tataranieto. Esta entrevista que la realicé cuando tenía 103 años, es mi agradecimiento a una mujer a la que tuve un especial cariño, por su sencillez, generosidad y por la amistad que me brindó. María Jesús pasó su niñez en su pueblo natal y cuenta que fue poco a la escuela debido al trabajo que había que desempeñar en casa. «Solo fui hasta los diez años, y ya después sí que acudía en invierno cuando nevaba, muchas veces durante quince días, y no había que hacer las tareas del hogar». De esa época la mujer recuerda que «un día especial durante el año era la romería del pueblo, que en Bores se celebraba el 12 de febrero», una fecha señalada que solía acontecer «con grandes nevadas» de fondo, pero, eso sí «tampoco faltaba la comida, chanfaina, el arroz con leche y las tartas caseras». También recuerda con especial cariño las Navidades, en concreto la Nochebuena, «cuando hacíamos un extraordinario cenando pollo». De los regalos de Reyes, dice que «nos conformábamos con poca cosa, ya que la ilusión era muy grande». Pero también guarda recuerdos no tan felices. Así, no olvida cuando estalló la Guerra Civil y tuvo que ir a buscar munición a la localidad de Armaño a casa de unos parientes. «Era para tres jóvenes que solo tenían pistolas y querían pasar a la zona nacional. Hice el recorrido de ida y vuelta andando con la munición guardada y amarrada debajo de la ropa, y se la entregué al llegar». Con 14 años, en Bores, conoció al que sería su marido, nueve años mayor que ella. «Estaba yo picando leña en una era y se acercó él. Se llamaba Zoilo, era hermano de la mujer de mi tío Jesús y recorría los pueblos con caballerías comprando pieles y lana», rememora María Jesús, que a su vez relata que «era muy atento, me ayudó a picar unas cañas de leña y se despidió, pero parece que le entré por buen ojo y se enamoró de mí». El noviazgo fue difícil, ya que los padres de María Jesús no aceptaban la relación y no la dejaban salir sola de casa. «Manteníamos nuestro amor con cartas que colocábamos debajo de una piedra en una calleja del pueblo. Hace poco subí a Bores y mandé a mi hijo parar allí para ver el lugar donde aún sigue la piedra». El amor se acabó imponiendo y la pareja finalmente se casó cuando ella tenía 20 años. Al poco de recibir las bendiciones, se bajaron a vivir a La Vega, donde cogieron una taberna y tienda de comestibles, que estaba en donde ahora se encuentra el mesón. Y tras el negocio llegó el primer hijo. Después vendrían nueve más, aunque una de las niñas tristemente falleció al nacer. «Fueron años de muchísimo trabajo, ya que los tuve a todos muy seguidos. Había que atender el negocio, ir a lavar la ropa al río, que durante el invierno con heladas y nieve era durísimo, y hacer las labores de casa, pero salimos adelante». Fueron pasando los años y el matrimonio seguía viviendo con sus hijos en La Vega, hasta que el marido se lastimó en el huerto y, debido a las secuelas que le imposibilitaban realizar aquel trabajo, decidieron trasladarse a vivir a Santander. «Mi marido cogió una portería en el Banco de Santander, y yo trabajé en Los Carmelitas, dando comidas y lavando y planchando ropa, hasta que me jubilé y regresamos a La Vega». A María Jesús, la gustaba ver las noticias, «ya que la televisión me ha entretenido mucho». Su avanzada edad no la impidió acudir a votar en las pasadas elecciones generales. Se sentía orgullosa «de la gran familia» que tenía. Siempre dijo que la gustaría la recordasen como «una mujer trabajadora y tremendamente luchadora», insistiendo en que «me he sentido siempre querida por todos». La abuela de Liébana, presumió de tener 23 nietos, 21 bisnietos y un tataranieto. Pedro Álvarez